Tarot del nuevo año

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Por Rodrigo Muñoz-González
@rmnzgnzlz

Cuando ubicamos las trayectorias de nuestros progresos, destinos, e incluso involuciones, también construimos la genealogía de nuestra conexión con el planeta. 

Decir que el año inicia y termina es extraño. El tiempo no se detiene y opera esquivando nuestros intentos de significación. Como especie, hemos creado alfabetos, lenguajes, calendarios y relojes; aún así, el tiempo sigue, llevándonos como un río que no se deja domar y que parece afanarse con ahogarnos.   

Pero tenemos los ritos, todos esos actos y conmemoraciones que organizan nuestra vida, le dan dirección, le dan un anclaje colectivo. Pasar del 2022 al 2023 puede ser una ficción, un cambio de número que nos invita a barajar interpretaciones cabalísticas. Pasamos al tercer año de una década. Tres, el número de trinidades divinas en muchas religiones, de dioses omnipotentes y encarnados. 

Es lo que tenemos: ciclos que nos traen deudas, especialmente con nosotros mismos, pero también oportunidades y renaceres. Con ellos, podemos ver hacia atrás para entender y divisar lo que tenemos delante. 

Venimos de un momento de melancolía. Desde lo local, estamos siendo testigos del desmantelamiento de nuestros mitos. Aparecen caudillos provenientes de burocracias transnacionales o celebramos hazañas modestas en competencias deportivas internacionales, pero hemos dejado de tener ideales o proyectos que nos unan como sociedad desde hace mucho. Más allá de resultados electorales, vivimos una crisis existencial que parece nada más estar comenzando, y a la que muchos le están sacando provecho. 

Ahí aparece nuestra condición melancólica, en sentir un malestar por algo que nos cuesta nombrar. ¿Qué es lo que anhelamos? ¿Nuevos países, nuevas ciudades, nuevas identidades, nuevos comienzos? No sabemos, solamente somos conscientes de que falta algo. La nostalgia nos brinda ilusiones y placeres artificiales: unos 60s psicodélicos sin Vietnam, unos 70s creativamente eclécticos sin crisis económicas, unos 80s coloridos y divertidos sin el conservadurismo paranoico de Reagan o Thatcher. Por otro lado, la melancolía no tiene brújula, únicamente desnuda certezas y nos hunde en incertidumbres. 

Pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo que hemos cambiado. Esto pasa, quizás, porque queremos evitar el horror, y la fatiga, de darnos cuenta de que estamos atados a un mundo que no elegimos y que no podemos controlar, un mundo impuesto, que nos mira de manera soberbia e intempestiva. Cuando ubicamos las trayectorias de nuestros progresos, destinos, e incluso involuciones, también construimos la genealogía de nuestra conexión con el planeta. 

Desde lo global, la situación no es diferente. Vencemos pandemias, lamentamos las muertes de monarcas extranjeros y nos indignamos por conflictos armados entre países vecinos, pero muchas crisis continúan, sin oposición real. Pasamos de luchar contra desigualdades multidimensionales a lidiar con desastres naturales que, por gran parte de la historia humana, eran impensables. Aunque busquemos narcotizarnos con idealismos digitales, no podemos negar la presencia de transformaciones profundas con consecuencias desconocidas. 

Sería irresponsable e ingenuo proponer que la solución es tener una nueva mentalidad o actitud. No hay libros de autoayuda para la crisis climática o para el desmantelamiento de la democracia (y esperemos que nadie los escriba). Lo correcto es experimentar furia y angustia ante todo lo que sucede a nuestro alrededor. La dignidad inherente de un enojo bien justificado ha movilizado siempre a la historia. 

Pero sí podemos encontrar una cura para nuestra melancolía íntima, colectiva y planetaria. Estamos en la obligación de hacer un duelo por todo lo que hemos perdido y no vamos a tener, y por todo aquello que pudo haber sido. Necesitamos un ejercicio de aceptación radical en el cual hagamos las paces con las deudas que todavía tenemos con nuestro mundo y con nosotros mismos. 

Aceptar ausencias no es lo mismo que dejarse vencer por estas, o ignorar sus causas. Cuando aceptamos nuestras pérdidas, dejamos de ser prisioneros del pasado, y comenzamos a cultivar el presente. El futuro es una promesa llena de trampas y restricciones. Es exclusivamente en el ahora que podemos configurar nuestras convicciones y aspiraciones. 

Por eso, yo deseo que el 2023 esté lleno de muchos duelos y, por ende, de nuevos empujes y palpitaciones. 

Si tuviera que sacar una carta de una baraja del tarot para el 2023, quisiera que me saliera “el loco” (le mat). Este arcano mayor es representado por una figura humana que camina hacia delante de forma ingenua con una mirada expectante. Su equipaje ligero indica que ha dejado muchas cosas atrás, que es una persona que se preocupa por lo esencial. En muchas versiones de la carta, un pequeño animal lo acompaña o lo molesta; a pesar de esto, la figura prosigue su camino con extravagancia, centrada en sí misma. 

Nuestros duelos necesitan de un poco de locura para continuar nuestro camino, sorteando sus piedras con ilusión y perdonando nuestras contradicciones y ambigüedades; en fin, necesitamos locura para hacer más llevadera nuestra humanidad. 


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