La de siempre

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Por Mona Zúñiga Hilje
@mona.de.papel

Ese día no había pasado nada triste. Tomó su tristeza, se la colgó en la espalda, y corrió hasta la estación del tren.

La última vez que lloró tenía catorce años. Ese día no había pasado nada triste. Tomó su tristeza, se la colgó en la espalda, y corrió hasta la estación del tren. Pagó el tiquete y se sentó sola en el último vagón. Miró pasar por la ventana todas las casas, imaginando cómo sería vivir en ellas, tener una cama diferente y un tren pasando por su ventana cada tarde. Se fue hundiendo en una nube de pensamientos, ella entrando a las casitas desconocidas, la voz de una mujer que se había quedado mirando el tren pasar, el señor que vende lotería en el parque, una bailarina girando y girando, una enorme tela azul, cada vez más enorme, envolviéndolo todo.

Se despertó cuando el tren llegaba a la última parada. No conocía nada ni a nadie. Caminó y caminó, buscando el mar. Lo encontró cuando el sol se empezaba a ocultar, se sentó en la playa y se descolgó la tristeza de la espalda. Miró el mar fijamente, mientras él iba y venía susurrando; se imaginó que veía llegar una botella con un papel enrollado en su interior. 

Cuando el sol había desaparecido por completo, empezó a llorar. Primero no supo por qué, después se dio cuenta que no era ella la que lloraba, sino todas las niñas que había sido, y todas las adultas que iba a ser. Lloró durante horas, completamente sola. Nadie se acercó a preguntarle qué le pasaba. Cuando el sol empezó a salir otra vez, se levantó de su asiento de arena. Tenía los ojos deshechos por la sal. Se colgó de nuevo su tristeza, que ahora era más liviana y fresca, y volvió a la estación del tren.


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