Mi primer gol

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Por Sergio Leiva
@andaringallardo

La decisión estaba tomada desde que nací: Yo había nacido para tener la mejor colección de papeles de carta que jamás hubiera existido.

 

Recuerdo el lugar, extrañamente. Recuerdo la sensación de la espinillera debajo de la media larga azul que yo no quería ensuciar. Era como un zacatal quién sabe dónde, de esos que había en San José antes. Mis papás, mucho más jóvenes que yo a la hora de escribir estas palabras.

Sé que el uniforme era el viejo de educación física, básicamente era una camiseta con el escudo de la escuela impreso en el lado izquierdo del pecho. Un libro abierto hacia el cielo y una antorcha justo en frente. Como si el libro estuviera cuchareando a la antorcha, o como si la antorcha estuviera sentada en el regazo del libro. Los dos viendo hacia arriba a un sol invisible. Truth and knowledge. Verdad y conocimiento.

La única verdad de ese día, era que sería el mejor y peor partido de mi vida. Porque ciertamente fue el principio y el final de mi mínimo interés nato por el fútbol.

Hace unas semanas, justo cuando iba a empezar el mundial, mi gran amigo mexicano, Ulises Mendicutty, me propuso que publicáramos unos textos o ideas que tenía en torno a los disidentes del fútbol, es decir, aquellas personas que se salen de la norma simplemente porque no marcan la cajita de amantes del fútbol. En su propuesta, me explicaba como él definitivamente no amaba el fútbol, y cómo eso es difícil de decir en público en una cultura como la nuestra en la que ese deporte es, sin duda, el rey.

Tanto Ulises como yo, él en México y yo en Costa Rica, pertenecemos a una generación de hombres en la que admitir que a uno no le gustaba el fútbol era el preludio inevitable a críticas, juicios y la sospecha, casi certeza, de que quien hiciera esa confesión tenía muy altas probabilidades de ser maricón. Quizás la diferencia con la generación anterior es que en la nuestra al menos ya uno empezaba a ver más gente que lo hacía, ya era una opción.

A mi me tocó una sociedad y un sistema de educación en que la única opción de actividad física para los hombres era el fútbol. Los hombres para la cancha a jugar con el balón y las mujeres bajo techo en el gimnasio haciendo coreografías, o gimnasia, o cualquier otra cosa que yo hubiera preferido hacer.


Tengo un recuerdo muy claro de mi infancia en el que salimos a recreo. El pasillo de primaria era rojo, de esos pisos que limpiaban antes con cera y quedaban super brillantes. Sonaba la campana y todos salíamos como autómatas a hacer nuestras rutinas de los recreos. Los hombres a la izquierda para ir a jugar fútbol a la plaza, las mujeres a la derecha para quedarse bajo techo en un círculo jugando con papeles de carta.


Ese día, recuerdo haber tenido un instante de presencia lo suficientemente fuerte para que el tiempo haya parado y yo tomara una decisión clave en mi vida, pensé: “Suave un toque, yo tengo acá el poder de decisión: Si a mí no me gusta el fútbol, ¿Para que me voy a ir a asolear todo, ensuciarme y además estar aburridísimo porque ni siquiera me iban a escoger para jugar, de todas maneras?”


Yo estaba en el centro del tiempo y hacia mi izquierda los hombres se iban alejando en cámara lenta hacia la plaza, corriendo como toros que liberan de un corral,  hacia la derecha el círculo de niñas reía bajo una luz perfecta mientras sacaban sus carpetas llenas de papeles con colores pastel y perfumes exóticos de las distintas librerías del país o, en los casos de las colecciones más raras, provenientes de los elegantes rincones de alguna tienda gringa que a alguien le habían traído sus papás o algún familiar.

La decisión estaba tomada desde que nací: Yo había nacido para tener la mejor colección de papeles de carta que jamás hubiera existido. No tenía idea de cómo era que se jugaba eso, pero yo lo iba a lograr.


Miré hacia la derecha, hacia ese círculo de niñas sentadas, desde las afueras y mi poco más de un metro de altura les dije: “¿Puedo jugar con ustedes?”
Mis amigas, desde ese momento, abrieron el círculo y una de ellas, María Soledad, conocida por su colección y liderazgo dentro del enjambre, por no decir reinado, tuvo un gesto que recordaré hasta mi muerte: “Tome, le regalo este”.


Era como un papel hecho de violetas de Gallito, unas pastillas dulces que se vendían en esa época, color lavanda, que para mí, fue como si me estuvieran regalando las llaves del universo. Si le pudiera poner cara a mi niño de ese momento sería como la de una reina de belleza venezolana escuchando un nombre ser anunciando y empezar a percatarse de que la ganadora del concurso es ella por las reacciones de las demás.

 

¡¡Sos la nueva reina!! ¡¡Felicidades Sergio!! 

Y el premio a la mejor colección de papeles de carta de la escuela va para…¡Sergio Leivaaa!
Así se sintió.

 

Pero me estoy desviando. Vamos de vuelta a ese día fatídico del inicio y fin de mi carrera como futbolista. 

Por alguna razón (machismos de esos que uno ni se cuestiona), mis papás me metieron en el equipo de fútbol en primaria. O quizás ni siquiera fue que me metieron sino que la escuela organizó un partido. No tengo ni idea. Lo que importa es que estuve feliz todo el primer tiempo desde mi cómoda banca viendo al resto de niños, a quienes sí habían puesto a jugar, correr de un lado al otro detrás de la pelota. Debo decir que en ese momento yo entendía de fútbol lo mismo que entiendo hoy o incluso menos: nada. 

De repente, alguien toca un pito y todo como que se pone en pausa. Se acercan todos los compañeritos donde estaba el profe de educación física y en eso oigo que me llaman: “Sergio, usted entra ahora en el segundo tiempo. Medio campo”. 

¿Segundo tiempo? ¿Medio campo? ¿Qué será eso? Bueno, démosle. Nada más espero que no me peguen con la bola. Ojalá que ni siquiera me toque patearla.

Vuelve a sonar un pito y todo el mundo se pone a hacer lo que sabe que tiene que hacer. Yo, por supuesto, ni idea. No sé ni cómo, en cuestión de un segundo la bola me llegó a mí. No recuerdo los detalles de por qué pasó eso, pero lo que sí recuerdo es que en el momento que me vi con el esférico en mi poder, me entraron unas ganas incontrolables de ir hacia el marco para meter un gol.

Empecé a correr super rápido con un dominio del balón que me tenía sorprendido. Todo lo estaba viendo como en cámara lenta. ¡Nadie me estaba marcando! ¡Iba solo! Veía las caras de mis compañeros pasar y recuerdo no entender por qué nadie me estaba animando a seguir.

Seguí con todas mis ganas hacia donde debía meter el gol, vi la cara de mi compañero de clase extrañada al verme hacer lo que estaba haciendo, calculé mi patada y metí un golazo que me dió un pico de adrenalina que solamente yo celebré como un loco por la cancha.

¡Goooooool! ¡Goooooool!

Lo grité a todo pulmón, como había visto a mi papá hacerlo tantas veces. Nadie me celebraba.

Algo raro estaba pasando.

 

Autogol. 

 

Resulta que a mí nadie me había explicado que, después del recreo ese que se tomaron cuando pitaron, cambiaban de cancha. Yo asumí que los goles de mi equipo siempre se metían de ese lado y pues nada, yo fui a por ello, sin pensarlo.

En menos de diez minutos ya me habían devuelto a la banca (lo que secretamente agradecí) y se consolidó mi trauma en torno a ese deporte. Yo seguí tranquilo en mi banca, cómodamente con mis medias azules, casi intactas y a la altura correcta, soñando con mi colección de papeles de carta y con los próximos cambios que iba a hacer para mejorarla.


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