Autodefinirse como artista

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Por Marcia Arenas Víquez
@mararenasv

Para mí, esta etiqueta siempre significó seguridad. Una idea clara del tipo de persona que estaba destinada a ser, una caja para auto-referirme en comparación con el resto de las personas.

 

 

Al hablar de mi relación con el arte y lo que el proceso de creación significa para mí, siempre me encuentro en una encrucijada entre todo lo que quiero decir y todo lo que creo que las personas podrían querer escuchar. Pero la verdad es, que si están aquí, ustedes decidirán que quieren leer o no, yo solo estoy aquí para contarlo.

El arte siempre ha sido una parte importante de mi vida, en todos los sentidos. Desde pequeña, mi facilidad para desenvolverme, necesidad de atención constante y hambre por todo aquello creativo me llevaron rápidamente a adquirir la etiqueta de “niñx artista”. Si se preguntan qué significa este término, les ofrezco una guía. Puesto de manera simple, lxs niñxs artistas son:

  • Quien se encarga de dirigir y coreografiar a los primxs menores en los “shows” que presentan a su familia en cenas navideñas y/o eventos especiales.
  • Esa personita a la que todos los años, sin falta, le regalan lapices de color y libros “creativos” para pintar mandalas o del estilo wreck this journal.
  • La persona encargada de hacer la tarjeta navideña o de cumpleaños, o el dibujo para la abuela, de parte de toda la familia, entre otros.

Para mí, esta etiqueta siempre significó seguridad. Una idea clara del tipo de persona que estaba destinada a ser, una caja para auto-referirme en comparación con el resto de las personas. Afortunadamente, crecí en una familia donde tuve grandes referentes e incentivos artísticos por parte de ambos lados de mi árbol genealógico. Desde actores y cantantes, pintores, músicos y bailarines, el arte siempre existió en todos los rincones de mi linaje.  Gracias a esto y mi posición dentro de ambas familias como una “futura artista”, mi relación con el arte y mi manera de hacerlo siempre se han visto profundamente influenciados por un sinfín de disciplinas e insumos externos, conforme he intentado encontrar medios con los cuales realmente conectar.

El primer medio del que me enamoré fue el dibujo a lápiz de grafito. Como es tradición para más niñxs artistas, no había mejor lienzo que los márgenes de los libros y cuadernos del colegio, los cuales se encontraban decorados por intentos de ojos hiperrealistas y palabras escritas como si fueran burbujas. Bastaba con dibujar una mano casi anatómicamente correcta, para que todos los adultos en mi vida cayeran ante mis innegables talentos prepubertos. Esa es la cosa que no te advierten de ser niñx artista, una vez que obtienes esa validación, es muy difícil querer hacer algo distinto. 

Entonces, el dibujo a grafito fue lo que definió mi arte por unos buenos 6 años. Me enfoqué en la imitación y la recreación del rostro humano. No había ojo, boca o cabello que no hubiera intentado recrear. El arte a grafito se volvió una competencia conmigo misma de qué tan realista podría ser mi reproducción de una persona. No había gran espacio para creatividad o experimentación, el único logro era la sorpresa de mis padres y profesores cuando veían que había dibujado cada pestaña individualmente. Entonces, me estanque creativamente. Estaba en ese punto de mi vida donde gracias a mi autodefinición como artista, todos me preguntaban si planeaba estudiar artes plásticas en la universidad y tenía que romperles la noticia de que, a pesar de todo mi esfuerzo, no veía un futuro para mí en el hueco que me había cavado creativamente.

Parece que estoy pintando una imagen un poco deprimente, pero les prometo que las cosas mejoran. En lo que concierne al retrato, años después encontré un nuevo amor en el arte digital y los retos creativos que ser retratista en este medio me presentaron. Pero este texto no es sobre el retrato. Y hablando de medios retadores…

Mientras pasaba por esta crisis de identidad de lo que significaba para mí ser artista (hint: algo más allá que aparecer en la categoría de “más creativxs” del anuario del colegio), tuve la oportunidad de desenvolverme de manera más seria en una nueva disciplina. El baile es de esas cosas que se traen en la sangre, desde pequeña tuve la oportunidad de experimentar distintos estilos y géneros. No obstante, mi verdadero encuentro con el baile como un arte que me podría definir fue a mis 17 años. 

Empecé a bailar danza del vientre cuando tenía 11 años; alrededor de esa época mi mamá estaba cansada de la monotonía de su trabajo y empezó a impartir clases de baile en una pequeña academia cercana a mi casa. Al inicio estas clases eran un proyecto secundario, no obstante, con el pasar de los años mi mamá tomó la decisión de renunciar a su trabajo de jornada completa y fundar su propio estudio de baile. 

A partir de ese momento respiré danza. Con clases todos los días de un sin fin de disciplinas, experimenté hip hop, jazz, tribal fusión, kawleeya, danza contemporánea, todo lo que la academia ofrecía, lo probé… Pero todo empezaba y terminaba en la danza del vientre. Sabía que era buena en una cosa y la elegí. Pero esto no era el dibujo a grafito, aquí estaba experimentando, estaba aprendiendo algo que en su momento pocas personas de mi edad hacían, algo que podía considerar “solo mío”. La búsqueda de aprobación se disipó, la danza del vientre no era algo tradicional ni necesariamente seguro (o mínimo no se sentía así).  No había punto de comparación y eso resultaba liberador. 

A los 17 años me uní a un grupo coreográfico y tuve la oportunidad de presentarme internacionalmente. Hice de la danza un rasgo definitivo. Era aquella persona con un “talento especial” a quien le pedían abrir actos cívicos del colegio. Nuevamente, algo solo mío. Una vez que entré a la universidad empecé a ejercer como profesora de baile y ahí encontré algo especial. La danza se volvió un canal para crear, al enseñar encontré vocación en la coreografía y en el trabajo que lleva coordinar distintas piezas para armar un todo. Asimismo tuve la oportunidad de asistir en la dirección de espectáculos que fusionaban danza y teatro. A partir de la danza encontré la vocación de dirigir.

Entonces llegamos a la Dirección.  Cuando tenía alrededor de 9 años, tuve acceso a mi primera computadora. Una de esas laptops miniaturas, producto de un regalo de primera comunión, la cual traía un programa que cambió mi manera de hacer arte para siempre: Windows Movie Maker. Si, ya sé lo que están pensando.

Ya desde antes había cultivado mis talentos en dramaturgia (al obligar a mis hermanas a armar espectáculos para entretener a mis familiares) y tenía una actitud dominante que solo un ENTJ podría justificar, por tanto una producción cinematográfica no estaba fuera de mi alcance. Empecé a grabar videos cortos con la cámara de dicha laptop, obligando a cualquier persona que entrara a mi casa a hacer apariencias estelares, y me auto-enseñé a editar. (Editar = agregar transiciones determinadas y WordArt). Y puede que suene estúpido y ocasionalmente encuentro esos videos y me burlo desde la comodidad de un título de Comunicación Audiovisual, pero la verdad es que esa laptop y esa aplicación alteraron permanentemente la química de mi cerebro. 

Durante los siguientes ocho años, no hubo proyecto, presentación o trabajo creativo que no hiciera en formato de video. Hacía cosas explotar, complicaba eventos históricos hasta más no poder y pasaba horas editando falsos noticieros sobre el renacimiento y, curiosamente, encontré paz en ello. Me compré una cámara y entonces tomé la decisión que todas las personas extrovertidas, levemente creativas y pretenciosas toman: Estudiar cine…o algo similar. Y ¿cómo me preparé? Intenté ver una película por día a lo largo de un año (duré aproximadamente un mes).

Empecé mi trayectoria en el mundo audiovisual sin saber muy bien qué quería hacer. Armada con una laptop con un procesador de la prehistoria y una cámara que requería baterías, me aventuré a explorar un mundo del cual solo sabía lo básico (qué películas pretenciosas evitar y que todos querían ser Wes Anderson o Tarantino). Sobreviví mis primeros años de universidad flotando en un océano de personas talentosas a quienes veía constantemente trabajar, seguras de lo que querían ser y hacer. Ya no tenía 9 años y era esa “niñx artista” destinada a grandes cosas, tenía 19 y no sabía encender una grabadora de audio.

Sin embargo, esta vez no me estanqué. Gracias a la danza y el retrato sabía dos cosas, me gusta dirigir y tengo gran sensibilidad artística. Entonces trabajé con ello. 

A pesar que aún dibujo y bailo he logrado separarme de esa definición de “artista” que tanta angustia me causaba. Esa necesidad de crear y producir para recibir aprobación. A partir de mi trabajo en dirección he hecho la paz con que lo que yo haga no le tiene que gustar a todo el mundo, y eso está bien siempre y cuando sea algo que yo quiera hacer. Mis películas favoritas no son las favoritas de todo el mundo, todxs lxs artistas que vinieron antes de mí pasaron por su propio proceso de validación, y querer hacer algo artístico no significa inmediatamente que soy especial o única, significa que estoy haciendo algo que me apasiona.

Al dirigir, ya sea actuación, arte, o un set en su totalidad, lo más importante para mí es que haya armonía, entender qué de la producción es importante para mí y todas las otras personas que la conforman. Ya no se trata de ser la única persona haciendo algo o hacer algo que impresione a todas las figuras de autoridad de mi vida, sino de hacer algo que haga orgullosxs a quienes trabajaron en ello. Incluso si aquello es cine de horror y fantasía feminista tropicalizado, como mi mamá usualmente se refiere a mi trabajo.

Cuando empecé este texto quería hablar de mi proceso creativo y mi trabajo de Dirección. Pero pienso que ambos aspectos están intrínsecamente conectados a mi conflictiva relación con el arte. Quiero hacer algo me haga sentir orgullosa a mí, no a la casilla de artista con la que me he autodefinido todos esos años. El arte no debe ser dolor ni lo que define a alguien, lo más importante de hacer arte es encontrar a la persona dentro del artista, crear por sí mismo y no por el arte en sí. A raíz de esto, cierro con una frase de la película de Taika Waititi, Eagle vs Shark (2007); “supongo que seguiré creando y algún día moriré.” 


Marcia “Mars” Arenas Víquez es una bailarina y productora audiovisual costarricense-chilena. Armada con sus 8 gatos, conocimiento enciclopédico de cultura popular y una gran afinidad al horror, lo extravagante y el “camp”. Marcia transita la escena audiovisual con un sueño de hacer cine de culto.

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