El fuego interno

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Por Jorge Chaverri
@themindcoachcr

Cuando el cuerpo habla, hay que prestarle atención. Nadie querría pasar demasiado tiempo ignorando que está a punto de “quemarse”… de nuevo… por tercera vez en un año.

A las 7:00 a.m. de un día increíble de diciembre, ya estaba montando mi campamento y, como si mi “boy scout interior” tomara posesión de mí, empecé a reunir leña y yesca —material natural, altamente inflamable—  para levantar una fogata. Es que no sabés lo que el fuego o cualquier tarea en medio de la nada, puede entretenerte. 

Construir una fogata se convirtió en mi misión. Respirando aire frío y fresco —el aire que te purifica y te renueva—. El aire perfecto para enfocarte y tranquilizar tu alma. Con tanto movimiento y la incomodidad voluntaria todo era parte de la aventura, incluyendo el frío del lugar.

 

Fue uno de esos momentos en que estaba tambaleando y, si la vida fuera un ring, venía de haber recibido el golpe final. Estaban presentes muchas dudas. O sea, lo que había sucedido era tan traumante que mi esposa y yo no lográbamos ni siquiera hablar de lo sucedido. La vida seguía y, aunque mi actitud era de esperanza y optimismo, la energía simplemente no estaba en mí. Era como si mi espíritu se estuviera apagando.

 

Pero cuando el cuerpo habla, hay que prestarle atención. Nadie querría pasar demasiado tiempo ignorando que está a punto de “quemarse”… de nuevo… por tercera vez en un año. Ups. Para esta vez ya había aprendido la lección:  Mae, ¡qué necesaria es una pausa! Lo mío es la soledad, la soledad y la naturaleza. Entonces, decidí irme a la montaña con tres latas de atún, un sleeping bag, un cuchillo, hacha, agua, un libro y mi libreta para apuntar los pensamientos conmigo mismo.

 

Para el medio día tenía todo el material que necesitaba. Era loco lo que estaba pasando, pues sin planearlo estaba preparando un ritual de revelación. ¿Te has dado cuenta de cómo vos normalmente sabés la solución pero una pequeña parte tuya simplemente te nubla y te impide acceder a ella? Mi inconsciente sabía lo que yo necesitaba, más yo por andar en una vida enfocada en los logros no lo estaba viendo desde la ciudad… frente a la computadora.

 

4:00 p.m. Si has estado en la naturaleza durante todo un día, a lo mejor te habrás dado cuenta de la noche más oscura, tan oscura y profunda, como un hoyo negro. Es que no ves nada. Lo mejor siempre es prepararse para estar seguro ante lo inevitable. Comencé a ordenar la leña en forma de pirámide —grandes trozos de madera abajo y poco a poco los más y más pequeños, formando un cuadrante que disminuye en su tope— y la yesca en el centro para encender como una chispa, la hoguera.

 

4:45p.m. Era momento de iniciar el fuego y descansar para pasar la noche. No tenés idea de lo que iba a significar para mí cada llama, en un lugar en el que no tenés nada más que hacer que estar presente y con un clima que no tiene misericordia. Yo tampoco. En un trance total entré en un estado pasmado de admiración y aprecio por el fuego que estaba frente a mí.

 

Mantuve mi mente atenta a cómo los trozos de leña se iban quemando poco a poco, las llamas danzaban al ritmo del viento e iluminaban a nuestro alrededor, ¿a nuestro alrededor? Sí, para ese momento el fuego y yo estábamos juntos. Él me mantenía presente, caliente, cómodo y entretenido y yo lo mantenía vivo. Esa noche dependíamos uno del otro.

 

A las 9:00 p.m. se despejó el cielo y al aparecer una luna imponente, la revelación llegó a mí.  Comprendí que debía volverme fuego —un fuego intenso como del que hablaba el Emperador Marco Aurelio— uno al que lo que sea que se le eche encima lo convierte en combustible, para ser cada vez más grande. Y así, mi espíritu se iluminó de nuevo.


Jorge Chaverri vive la vida con curiosidad y amor por el destino. Cree en el poder de la mente y ha asumido la misión de ayudar a la mayor cantidad de humanos. Escribe más de lo que habla y ha confesado que entiende menos de lo que escribe. Es Coach de Mentalidad, cofundador de La Academia Mind Coach y podcaster.

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