Muñecona

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Por Diego van der Laat
@diego.vanderlaat

Muñecona, mi amigo gótico, entra en el salón y se quita la gabardina, debajo sigue forrado en tela negra, se sienta a mi lado y me dice “¿Qué pá?

 

Hay que verlo al sol tropical, parece un muñeco de nieve bajo la lámpara solar a las once de la mañana, parado en la esquina del parque de San Pedro, llevando sol, derritiéndose. Muñecona, mi amigo gótico, es un outcast declarado desde que estaba en el Liceo. Habla poco, pero cuando lo hace, parece una enciclopedia del rímel, el látex y el cuero, una suerte de experto modista del nuevo siglo catorce. Ahí está fumándose un cigarro que le sabe mal, mojado con el sudor de las manos, enchilándose los ojos con el rímel chorreado, limpiándose las gotas de sudor cerca de la boca, esparciendo el fino trazo de la mañana, convirtiéndolo en una chorcha de lápiz de labios. ¡Muy Robert Smith pa! te hubiera dicho. Su pelo colocho se revela contra la capa de gel que inútilmente pretende restringirlo, pero lentamente cede a la humedad, al estado natural de las cosas y así, a Muñecona le va ganando el trópico.

Puta sal, piensa Muñecona bajo un árbol del parque cerca de la estatua de John F. Kennedy, tá sal, dice, porque su mamá le ha pedido esperar a una señora que le va a mandar un paquete con él y por eso ahí está, chorreando sudor por dentro como una media de café, llenándose de líquido como por ósmosis inversa.

Muñecona nació en el Monseñor Sanabria una mañana soleada en pleno julio de 1979. Es hacia el puerto de Puntarenas que va dirigida la encomienda el fin de semana, ese paquete que ahora él espera dentro del sauna negro de la moda. Muñecona apaga el cigarro con la suela de su bota y da dos pasos atrás, hacia el tronco del palo de mango. Si se acabara este semestre, si estuviéramos en octubre, si no tuviera que matricular la deportiva, piensa. Entonces llega una señora a entregarle un paquete de tamaño considerable. Muñecona se lo recibe de mala gana porque va a tener que jalar con eso todo el día y hoy entre Introducción y Seminario Participativo tiene un hueco de cuatro horas. Calor solo verlo, le dice ella, pero ya Muñecona está muy lejos y no la escucha.

Hace la fila, pide una empanada y un café con leche en Sociales, y luego camina de nuevo bajo el sol hasta el auditorio de Generales. A la distancia escucho el sonido de sus botas, las cadenas, los herrajes y las hebillas que le cuelgan por los costados. Muñecona, mi amigo gótico, entra en el salón y se quita la gabardina, debajo sigue forrado en tela negra, se sienta a mi lado y me dice “¿Qué pá? Yo le extiendo la mano abierta y él golpea mi mano de lado, la aleja, hace un gesto de puño, yo lo imito rápido y entonces él choca su puño contra el mío y luego imita el sonido de una explosión con la boca, pushhhhh dice en voz alta, y aleja la mano abierta en cámara lenta. Así saluda Muñecona. “¿Qué pá? me vuelve a decir.

Entre los dedos de su otra mano, de alguna manera que no entiendo, sostiene una empanada, un café, un bolígrafo, un cuaderno y bajo el brazo la bolsa que le dieron.

Mientras esperamos a que el auditorio se llene para Apreciación de Cine, Muñecona me cuenta indignado que en su barrio hay varios chamacos que juegan de góticos, pero que no saben de qué hablan. Me dice “Pá estos chamacos no saben de qué hablan, ellos no sabrían distinguir a un Dark de un Darkie, ni siquiera a un Darketo de un Mallgoths o NeoGoth aunque estos tuvieran etiquetas en la frente. Luego sigue tratando de hacerme entender las importantes diferencias entre los Grufties y los Gogans, los Spooky Kids, Moshers o Mini Moshers, para terminar diciéndome que lo que él sí no soporta es eso de Mini Goths o Baby Bats. Me dice que lo gótico no se tropicaliza, que es algo genérico y que toda adaptación es una debilidad, una especie de contaminación. Me dice que una de sus piezas, Nuclear Acid Contamination, que está trabajando con su banda, habla de eso. Su banda se llama La Tercera Muerte de Mumm-Ra y comenzaron a ensayar hace dos, tres semanas.

Los demás compañeros le tienen miedo por su tamaño, porque anda de negro y con maquillaje y porque siempre está derritiéndose. Muñecona me dice que los odia, que odia a la gente, que odia a la maldita sociedad –siempre une esas dos palabras–, que odia las categorías, los estilos, que odia el trópico, que odia los colores y los deportes pero que, sobretodo, lo que más más más odia es eso de los Baby Bats.

Todo debería ser negro como la eterna soledad de la noche sin luna, como la muerte de un ángel caído que golpea el viento y que encierra en el ataúd de su alma el llanto de la nuclear acid contamination, me dice. Me dice esto mientras sostiene en los regazos el bolsón de La Gloria que le entregó la señora en el parque. En una mano ahora tiene la empanada de pinto y en la otra el café con leche.

Muñecona es mi mejor amigo.

Entonces se apagan las luces. Muñecona me mira de reojo con media sonrisa en la boca, mete las manos en su maletín y saca un tocacassettes que era amarillo, pero que con un pilot él pintó de negro, y me dice ¡Qué bueno el Mask de Bauhaus pá! y se recuesta mientras se pone los audífonos. El aire acondicionado se enciende y poco a poco se enfría el salón. Media hora adelante en la película escucho el bolsón de La Gloria caer al suelo del auditorio y, como un latido débil desde sus audífonos, distingo claramente la línea del bajo y luego la voz que dice llorarás y llorarás sin nadie que te consuele de Oscar de León. Miro hacia arriba y veo, a contra luz, el afro rebelde y la sonrisa untada de lápiz labial. Muñecona duerme.

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