Iván, elogio a la amistad

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Por Ana Beatriz Fernández González
@beatrizfergo

Iván me abrigó y amó, me cuidó y chineó como se quiere a la familia que uno escoge.

Como escribió Saint-Exupéry en El Principito: “pido disculpas” por escribir este elogio a Iván empezando por contar una anécdota sobre mí.

 

Tenía 21 años cuando, gracias al director de Artes Escénicas de la Universidad Nacional, Jean Moulert (q.e.p.d), audicioné para una película de la Télévision Suisse-Romande: Visa a ninguna parte (Visa pour nulle part), dirigida por Alain Bloch.

 

Interpreté a la hija del personaje principal que era perseguido por ser un intelectual de izquierda, en un contexto de golpe militar de derechas acaecido en un país X de Latinoamérica.

 

Triste y repetida historia de los «destinos» funestamente impuestos a este subcontinente.

 

Lisa era mi nombre. Una parte del largometraje se filmaba en Costa Rica y el cronograma se atrasó tanto que terminé haciendo unas escenas en Ginebra. Fue así como, en cuestión de catorce horas, pasé del calor tropical y desordenado de marzo, al frío seco y pulcro de la primavera gris de Europa central.

 

El caso es que con la platilla ganada me quedé en Italia con mi hermana, que vive en la eterna Roma hace más de 40 años. Ella me dio abrigo y amor. Me cuidó y chineó.

 

Siguiendo su consejo sabio —es una de las personas más lúcidas que conozco— aprendí italiano en la escuela para extranjeros de la Universidad de Siena.


Como sucede año tras año, ese verano de 1985 también se vació la ciudad de lugareños y un contingente de bárbaros nos apoderamos de la Piazza Il Campo, las callecitas empedradas, las cantinas y bares, las aulas, habitaciones y camas de quienes preferían huir del calor de hasta 40 grados Celsius, para depositarse durante las vacaciones de junio y agosto en otras latitudes dentro y allende las fronteras.

 

En Siena conocí a Iván, peruano de orgulloso gen inca, pequeño de estatura —casi tanto como yo— pelo abundante, azabache y sedoso (que sigue abundante pero canoso), y con ese acento dulce de vals criollo limeño del castellano que le caracteriza.

 

Iván vivía en la contrada de la Jirafa pues estudiaba medicina en la universidad. Siena está dividida en 17 barrios (contrade), algunos con nombres tan faunescos como ese. Es una herencia medieval que persiste con un sentido de pertenencia y gratitud activista. 

 

Ahí de verdad se vive con todo el cuerpo y el corazón abierto la apropiación del espacio y la tradición, concebidas con la simpleza de reconocerse orgánicamente parte de la comunidad, sea esta nativa o migrante, incluso extranjera.

 

Iván me abrigó y amó, me cuidó y chineó como se quiere a la familia que uno escoge. Literalmente me llevó de la mano a conocer, desde sus entrañas, los secretos de esa ciudad icónica y adorablemente roja, con su plaza central emblemática, sus edificios señoriales, iglesias, y arcos de ladrillos sin pintar. 

 

Me explicó con paciencia asombrosa el significado de Il Pailo, evento bianual en el que 17 jinetes, mercenarios suicidas-kamikazes, montan a pelo unos caballos que son bendecidos en los templos católicos vecinales, y que corren una competencia de minuto y medio a una velocidad temeraria.

 

Así transcurrieron tres meses de gozadera irresponsable con él, otres amigues y les compañeres alienígenas (legal aliens canta Sting) del curso, durante el cual aprendí algo de italiano haciendo trampa con mi español.


Cuando fue el tiempo de despedirme, tomé el tren a Roma y no volví a ver a Iván en casi 30 años. Aunque nunca nos prometimos seguir en contacto, seguimos en contacto permanentemente, he de confesar que, sobre todo, por la asertiva testarudez propia de su resistencia indígena.

 

Porque desde que le dije adiós —con la altísima Torre del Mangia del Palazzo Pubblico de fondo—, sabemos el uno del otro, un día sí y otro no.

 

Él me ha enviado por correo certificado la colección dramatúrgica completa de Darío Fo en su idioma original, entre otros muchos libros, música grabada en CD, películas, recortes de periódico, y cartas escritas con su puño y letra de médico, que me cuesta un mundo descifrar.

 

También comparte por guasap enlaces de obras de teatro, videoclips, fotografías, sitios web, podcasts de la Rai 1, 2 y 3, e imágenes de su gato panza arriba. En mis mañanas que son sus tardes, me saluda con un “Hola niña buena”, y en mis noches que son sus mañanas, se despide con un “te quiero un mundo”.

 

Y así sucesivamente, hasta que un otoño bienaventurado de 2019 de nuevo viajé a Italia, y, por fin, me encontré con él.

 

Al igual que hace más de 30 años, cuando apenas me asomaba a la juventud temprana, me tomó de la mano y con ternura desbordante, me llevó a pasear por la zona toscana, donde nos volvieron a asombrar esos pueblos-fortalezas, con detalles floridos y pétreos, vino tinto di tavola, mucho queso, pan y pastas, y un paisaje majestuoso, de carreteras, colinas y bosques, viñedos y olivares que se pierden allá en el horizonte.

Iván vive en Bologna, trabaja en medicina laboral, combatió la pandemia como si se tratara de erradicar la Inquisición, y aunque ya no forma parte del vecindario de sus amores, sigue amarrado por el hilito de la coherencia afectiva con su segunda patria: Siena.

 

Yo también sigo tejida a él con ese mismo hilito, mi patria en suelo italiano en donde también habitan mi hermana Silvia y su amorosa familia.

 

Te quiero dos mundos Iván.


 

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