​​A tu salud… con un buen whiskey

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Por Ana Iris Páez
@anitapicarita

Alguien una vez me dijo: Es imposible una amistad verdadera entre un hombre y una mujer.  Yo solo me reí, porque pude haber debatido horas al respecto…

Tanto que se ha escrito acerca del amor y de la amistad… pues no tanto.  No me voy a ir a definiciones de diccionario o corrientes filosóficas que hablen de ella.  Se habla mucho de la amistad entre mujeres, de la sororidad también.  Pero yo les voy a contar de mis amigos hombres, y el vínculo que me une con ellos y con uno en especial.

Por algún motivo, siempre las personas más cercanas en mi vida han sido hombres: mis amigos de siempre, los amigos nuevos, mi mejor amigo que me acompaña desde el kínder. Todos ellos son mis cables a tierra, mis maestros, también mis compañeros de aventuras de vida. 

¿Qué me han enseñado?  Sin lugar a dudas y cada uno a su manera: el valor de la amistad, lo que realmente significa ser incondicional. Talvez por ser hija única, algunos de ellos son más que amigos se han convertido en familia por elección. Y como en toda familia, si claro, nos agarramos del pelo también. 

Todos y cada uno de ellos me han enseñado una cara de la amistad diferente, un vínculo basado en distintas cosas: con uno comparto mi pasión por correr, con otro el yoga, uno es el amigo con el que no nos vemos nunca pero nos hablamos siempre, otro es la persona más diametralmente opuesta a mí y, sin embargo, mi compañero incondicional de tertulias y de surfeadas. Y también está mi mejor amigo: al que conozco y me conoce de toda la vida, sin exagerar.

De él les voy a contar un poquito, aprovechando que viene su cumple, cosa que a él le tiene sin cuidado porque no es de grandes celebraciones pero no importa, ¡yo celebro por él!

No hace mucho le pedí que se definiera en tres palabras. Se tomó su tiempo y me dijo: trabajador, solidario y espléndido. Y sí, concuerdo en todas.  Yo necesitaría más de tres palabras definitivamente: diría que es terco como una mula, también terriblemente cariñoso, espléndido: con su tiempo, con su cariño, con sus sentimientos; es un hijo ejemplar y dedicado, un papá como pocos, un hermano incondicional.

No es de expresar mucho sus sentimientos o las cosas que le pasan, por lo que he tenido que desarrollar una habilidad de leerle la mente digna de una adivina. ¡Y se enoja!  Cuando se enoja, se enoja. Pero también es experto en hacerme reír, siempre. Es quien cree en mí al cien por ciento, pero también el que me dice todas esas cosas que tal vez no quiero escuchar, el que me ha conocido en todas las facetas a lo largo de mi vida, el que me regaña cuando es necesario y el que me tiene una paciencia infinita. Es ese al que ninguna de todas las locuras que se me ocurre hacer le parecen descabelladas o imposibles, mientras me hagan feliz.

Pero si me dijeran que escogiera solo una palabra para definirlo sería “leal”. Es, probablemente, la persona más leal que conozco. Ha sido esa lealtad la que, para mí, ha guiado esta amistad a través de todos los diferentes momentos que nos ha tocado atravesar, no todos sencillos, no todos felices, no todos plácidos. Esa lealtad es lo que, aún cuando nos enojamos, me brinda la certeza de que siempre vamos a seguir ahí:  aún enojados, aún no siendo nuestras mejores versiones.

Alguien una vez me dijo: Es imposible una amistad verdadera entre un hombre y una mujer.  Yo solo me reí, porque pude haber debatido horas al respecto, pero no valía la pena, todos sabemos bien a quien tenemos en la vida y hay cosas que ni explicando de cien maneras diferentes se pueden entender.

Yo agradezco, mucho, a la vida por haberme puesto en el camino a este hermano por elección. Agradezco por su amistad, por sus carcajadas, hasta por sus regañadas, por su lealtad. Y hoy brindo por él, por otro cumpleaños, por el Día del Amigo que se nos pasó celebrar… con un buen whiskey, como siempre!


Ana Iris Páez Murillo, corredora de corazón, maratonista, amante del yoga y de viajar, abogada, y, quisiera pensar, buena amiga.

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