Con un pie adentro y otro fuera

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Por Diana López Baraquiso
@dianalb20

Me empiezo a decepcionar de las masculinidades tradicionales, empiezo a hacer más matches con chicas y empiezo a preguntarme ¿qué pasaría si me vuelvo a enamorar?

Desde niña lo tenía muy claro: me gustaba Ranma 1⁄2 como chico y como chica. Me gustaba el Power Ranger verde y me gustaba la Power Ranger rosada. Me gustaba Sailor Mars y Tuxedo Mask. Me gustaba un compañero del kínder y también me parecía preciosa la maestra.

Pero conforme fui creciendo, me hicieron saber que tenía que es-coger… Tenía que tomar una decisión muy binaria, en la que sólo podía ser heterosexual o gay. Y aunque en el cole opté por “la normalidad” de salir con chicos, cuando llegué a la U, me topé con un panorama diferente: un mundo a mi parecer de aceptación, de oportunidades y de ser quien yo quisiese ser, donde aparentemente nadie me juzgaba. La UCR no solo fue mi espacio seguro, sino mi abono, donde pude crecer, nutrirme y empezar a florecer.

 

En la U y para todos mis amigos, era “bi”… En la U me daban hormiguitas cuando al tercer “Olafo” nos pasábamos cerezas con la boca en una rueda alrededor de la mesa entre varios compañeros y compañeras. En la U me rompió el corazón por primera vez una chica. En la U me fui a bailar a Club Oh hasta que los pies no podían, pero las chicas no me daban pelota porque creían que era “la amiga hetero de los chicos gays”. Podía vivir con eso. De hecho, era muy fácil “pasar desapercibida”. Era muy fácil contar con la mano las personas que sabían. Era muy fácil ser una en San Pedro y otra cuando me subía al bus de la Liga. Era muy fácil que mi familia no supiera. Era muy difícil vivir así, con la verdad a medias.

La vida siguió, las relaciones pasaron, años a la luz con chicos, semanas o meses “en secreto” con chicas. Citas van, citas vienen y seguía el hueco en el estómago.

 

En el trabajo me inscribí en el grupo de “Pride” y a pesar de decirlo fuerte y claro, me dicen varias veces que soy “aliada”, porque las experiencias bi también son invalidadas hasta en nuestra misma comunidad, por nuestros propios miembros. Porque ser bi es “una fase”, “una transición” y “una falta de decidir”. Es como ser un doble espía que está trabajando con el enemigo. Es como creer ser parte de todo y realmente no ser parte de nada.

 

Pasan cinco años de soltería, donde empiezo a notar un patrón… Me empiezo a decepcionar de las masculinidades tradicionales, empiezo a hacer más matches con chicas y empiezo a preguntarme ¿qué pasaría si me vuelvo a enamorar?, ¿y si quiero llevarla a casa?, ¿y si quiero que mi familia la ame al igual que yo?, ¿qué va a pasar cuando quiera tomarle la mano en la calle? El qué dirán puede ser abrumante. El qué dirán puede ser un gorila que una lleva en la espalda y que es tan pesado, que no deja que una pueda dar el paso. El gorila del posible rechazo. Pero cualquier momento es bueno para aprovechar cuando sale un poquito de valor, aunque sea a los 10, a los 18, a los 50 o a los 30 años.

A los 30 una puede casualmente compartir en el desayuno familiar que hay personas a las que les gusta comer helados y a otros a los que les gusta comer queque… Unos pueden comer solo helado. Otros solo queque. A algunos les gusta un día comer queque y otro día prefieren helados. Y están los que les gusta el queque con helados al mismo tiempo. Tal vez la analogía se volvió un poco confusa para una pareja católica en sus sesentas, a las 9 de la mañana de un domingo, pero con un poco de ayuda de mi hermana (que al ver las caras de confusión se entrometió y les explicó que lo que yo quería decir era que me gustaban las chicas y los chicos), unas cuantas explicaciones e historias y un buen rato de lágrimas, salí del closet con mi familia.

 

¡Y qué bueno que lo hice! Porque casi un año después de ese desayuno, una chica entró en mi vida como una tormenta, que limpia todo y trae el sol consigo. Y un año y medio después de eso, decidimos comprometernos, en la cima de una montaña en Bogotá, mientras nos decíamos queditico que nos amamos y que queremos pasar el resto de nuestras vidas juntas con los ojos llenos de lágrimas y el corazón latiendo a mil, lleno de esperanza.

 

Ahora empieza otra jornada… Una jornada que yo había sido muy privilegiada de poder obviar. Una jornada que incluye miradas que no son bienvenidas, susurros y risas cuando nos ven de la mano. Una jornada en la que cuando viajamos nos toca ser mejores amigas que andan paseando y que se besan cuando regresan a casa. Una jornada en la que un mae le dice a su esposa a altas voces que “qué barbaridad que estén haciendo eso en este restaurante delante de los niños… Debería llamar a la mesera”, mientras nos tomamos la mano sobre la mesa en Kalú. Una jornada donde no siempre va a ser fácil, pero va a ser real. Una nueva jornada, con los dos pies afuera.


 

Comunicadora [ ella ]

 

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