De luz a luz

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Por Carolina Campos
@caro.camposarce

Tengo 17, llevo corbata y pantalón gris, estoy frente a una multitud dando el discurso de graduación. Mis papás y hermana no saben, es sorpresa.

Mi vida, un resumen. Abro los ojos, hay demasiado de algo que luego conoceré como “luz”. Grito asustado. 

Me toman unos brazos morenos, temblorosos, y en la cabeza me besan unos labios bañados en lágrimas. Ella tiene 18. cierro los ojos. Abro los ojos, tengo uniforme celeste con azul y tres osos en el pecho. Sumerjo mis pequeñas manos en una tina llena de arena junto a mis compañeros. Cierro los ojos. 

Ahora tengo 12, soy el más alto de mi clase y me gusta una niña que se llama Wendy, ella nunca me hará caso. Los cierro. 

Los abro. Tengo 17, llevo corbata y pantalón gris, estoy frente a una multitud dando el discurso de graduación. Mis papás y hermana no saben, es sorpresa. Los cierro.

23 años, cabello largo y rubio, dos tatuajes, estudio una carrera que no sé si me gusta, y deseo huir a toda costa. Pero es la mejor época de mi vida: mis amigos vienen a mi casa a escuchar música, nadie me entiende como ellos lo hacen.

Abro mis ojos en los treintas. A veces enojado, a veces triste, reflexivo, pero siempre, e irremediablemente, enamorado. Ahora me gusta más lo que hago, pues ayudo a las personas a sentirse mejor. Antes buscaba ayudar sus mentes, ahora prefiero trabajar sus cuerpos y su espíritu: en lugar de escucharlos, los guío para que se escuchen a sí mismos, con su cuerpo. Cierro mis ojos.

Llego al final de los treintas, me siento un poco cansado. Me acuesto. Los mismos brazos morenos me abrazan, también tiemblan, también tienen lágrimas, también me aprietan contra su pecho. Ahora ella tiene 59.  

Me quedo dormido, arrullado por esas tres voces que conforman el núcleo de mi existir. Cierro mis ojos, descanso. 

Los abro por siempre y vuelvo a encontrarme con la luz.


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