El milagro de las aventuras temporales

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Por Eunice Báez

Enamorarse así, de las rutinas, los lugares y las personas es quizá la única ruta para amarnos.

Mi número italiano nunca me lo aprendí de memoria, pero el otro día, mientras se lo dictaba a un chico irlandés que conocí en una fiesta improvisada, descubrí que era un número hermoso, de esos que tienen musicalidad.

Y fue un descubrimiento melancólico. Saber que ese número nunca lo incorporé a mi cotidianeidad porque era una herramienta temporal durante un tiempo determinado, un número con el cual nunca pensé que me iba a identificar.

Hay algo mágico en saber que algo no es permanente. Tal vez tener clara la caducidad de un momento nos permite entender y valorar diferente los momentos.

Y no estoy diciendo nada nuevo, más bien esto lo sabemos en exceso, constantemente recordado por las frases de autoayuda que en las redes sociales nos recuerdan la importancia de estar presentes. Pero, ¿qué tanto realmente lo experimentamos?

En mi caso estuve una temporada viviendo en otro país con la claridad de que era una temporada corta antes de regresar a la cotidianeidad de una vida ya construida. 

Y claramente mi ejemplo, mi experiencia, es superficial en comparación de quienes deben enfrentar las fechas de expiración de su bienestar y su existencia…  y por eso quizá tiene el agridulce de no sentirse como una válida reflexión, probablemente carente de la fuerza de una vivencia que inspira, aunque en cierta manera lo haga.

Mi experiencia duró poco más de cuatro meses… lo suficiente para hacer rutinas y aprender el truco para no tener que pagar el billete del transporte público, pero no suficiente para realmente “extrañar» lo que en un principio llamaba el mundo real: la rutina del trabajo y el pago de los servicios del agua y la luz.

Viajé por estudio, por lo que además de la experiencia inmersiva, estaba aprendiendo de cosas que me retaban, con clases intensivas que exigían compromiso y disciplina, con la presión de las fechas de entrega y de las respuestas correctas y las calificaciones adecuadas.

Entonces, sumado al estrés y la adaptación, tenía la fecha del tiquete de regreso y justamente esa certidumbre es quizá la que me hizo vivir la experiencia con mayor intensidad. El saber que se acababa tan pronto fue el ingrediente para tener la disposición de vivir intensamente y así fue. Me enamoré de la ciudad que me acogió, de las cosas que aprendí, pero, ante todo, me enamoré de la gente que conocí.

La amiga que me recibió y fue mi brújula, mi compatriota que me presentó a todos sus amigos, las compañeras de Puerto Rico con quien siempre me confundieron, el compañero francés a quien adopté de hermano, mi crush griego italiano, mi amigo de Sapri, la amiga gringa con quien tuve tantas aventuras, mis dos italianas favoritas de la Sardegna, (una isla que resulta que tiene Italia y que yo ni sabía que existía). Estas personas, con las que hice esos vínculos tan fuertes, sabían también que estaban viviendo el encantamiento de la temporalidad. Tanto así que hoy estoy a kilómetros de mi ciudad temporal, apresurándome a escribir en el celular todos los sentimientos que me sobrepasan, apuntando las sensaciones y pequeños momentos mientras participo de la boda de Ilaria y Oscar, pareja italiana que conocí en mi primera semana aquí y con quien nunca me imaginé compartir un día tan importante. Toda esta gente ahora es familia.

Escribo con esa certeza porque, saber que se acababa, da una perspectiva diferente a la realidad y a los momentos. Es una lástima que pasemos por nuestra existencia sin enamorarnos de la gente y de los momentos. Es una lástima, porque enamorarse así, de las rutinas, los lugares y las personas es quizá la única ruta para amarnos. Entender que se acaba es el truco para enamorarnos de personas y de lugares y por tanto de nosotros mismos. 

De ser así, entonces, nunca en realidad se regresa al “mundo real”. Nunca dejamos de estar en una aventura temporal, tal vez solo cometemos el error de vivirla con menos intensidad. 

Al final solo se trata de una historia que se construye por momentos.

Ya, ahora, aquí, en este instante… ese es el que te construye una vida. 

Sos aquí y ahora, temporal y eterno.




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