COLUMNA: Noé, Naya y Jesús

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Por Iside Sarmiento
Playlist por Naya Lords

25 de diciembre. Brunch de Navidad. Éramos 17. Estábamos en una de las mesas centrales del patio de RHouse. El logo de RHouse son dos nalgas bien carnosas de un hombre de piernas grandes, pero estoy segura de que ninguna de las cinco tías, tres primas, una pariente política y su mamá, mi prima segunda Mechi –la de 19 años que hizo la reserva– los tres amigos de él y una amiga de Mechi, lo notaron. 

Solo teníamos ojos para Naya Lords, quien estaba dedicando su brunch de Navidad a sus tías y a su mamá: vestida, transformada, ganando de $20 en $20.

Mi llanto descontrolado inició apenas entré. Su show lo había visto antes muchas veces, pero esta vez me conmovía el contexto. Cuando se acercó a la mesa a saludar a sus tías y a abrazar a su mamá, yo no solo no podía contener las lágrimas, sino que aparentemente contagié a la mayoría del bar. Muchas personas llorábamos. 

Cada minuto cambiaba de personaje, en vivo, en directo se iba re-transformando en Rihanna, en Lady Gaga, en acróbata y balletista. Vueltas de carreta, splits en el aire y giros mortales en plataformas y estiletos.

Cuando abrazó a su mamá, –Mayela, de 70 años– no me pude contener más. Ahí ya estaba sollozando. Nadie entendía por qué yo lloraba tanto, se suponía que era solamente un Drag Brunch, pero era la primera vez que ella lo veía actuando. Le había cosido la ropa muchas veces, lo escoltó hasta el carro cuando fue al último el Pride de San José, y le ayudó a pegar una infinidad de lentejuelas. Sin embargo, nunca lo había visto así, bailando y actuando ante otras personas, y menos ante la familia.

Estábamos en Miami, el día después de Navidad. A las 12 mediodía llegamos a Wynwood, donde se ubicaba el venue. En el segundo show seguimos con la lloradera que ahora era colectiva, pero además se había acentuado por las mimosas y los mojitos. Obviamente, Naya Lords fue el más aplaudido, y muchas personas se acercaron a felicitarnos por ser una familia orgullosa y que estaba presente apoyando a su hijo, sobrino, hermano, amigo y primo. Todos se tomaron fotos con él: las chicas de Dubai de la mesa de a la par, que también terminaron llorando –todavía no sabemos por qué–. También lo hizo la mamá del que iba liderando el trencito que se armó en algún momento del jolgorio, que también estaba de visita.

Después del show nos fuimos a caminar por el barrio. Naya andaba en panties traslúcidos, calzoncillos, pestañas de Cirila, miniseta y botas de peluche caminando de la mano de mi mamá, de 76 años, y escoltando orgulloso a su mamá y a sus tías en aquellas calles llenas de arte y vanguardia. 

Desfilando entre perfumerías de sándalo y rosas, galerías al aire libre, mercados, pop ups, contenedores, bares, restaurantes y comercio local. Aquella escena parecía una performance de tiempos de Basel. Ese era Noé thriving en la capital del sol a plena luz del día, en vez de por alguna oscura calle Josefina de mala muerte.

Fue una tarde sin posible descripción literaria.

El único que no pudo ir fue el papá, que aún no lo ha aceptado. Yo misma me encargué de contarle la verdad sobre adónde íbamos a desayunar aquel 25 de diciembre, y que el mismísimo Noé los estaba invitando a la entrada de $50. Pero no le fue posible. Cada vez que se le toca el tema, llora. A sus 76 años, tío Jesús aún no ha podido digerir que a su hijo mayor le gusta bailar vestido de mujer.

Y no solo le gusta, lo hace muy bien. Noe tiene entrenamientos en gimnasia y ballet clásico, hace dibujo arquitectónico y tiene un talento natural para crear, a la perfección, maquillajes y molduras de cuerpo.

También descubrió “Chévere caché”, una tienda de segunda cerca del aeropuerto de Miami, que no se llama así, pero que ya toda la familia sabe que se llama así. Está liderada por una dominicana estilizada como Naomi Campbell con muy buen ojo para la ropa inusual. Cuando Noé entra a aquella tienda parece que se ilumina. Ocho prendas en $27 pagué después de dos horas de hurgar entre tesoritos. Fueron las mejores compras en Miami, creo. Y las tías fascinadas. Allí Naya renueva las bases de su guardarropa y luego las altera, potencia, decora, abrillanta y las transforma. Tiene talento para todo y también es buen cocinero. 

En Costa Rica dejó un gran vacío. Hijo y sobrino ejemplar, aliado de su madre y de sus hermanas. Bastión de la familia mientras actuaba como Noe de Jesús y estrella de la noche cuando se transformaba en Naya Lords. En la familia lo amamos, mis amigas lo admiran y sus seguidores se inspiran en él. Por dicha, entre toda esa femineidad, el hombre sabe qué hacer para estar bien y nunca más, durante las vacaciones de 20 días que hicimos como familia aquel diciembre, lo escuché quejarse por dinero. Era lo que más hacía en Costa Rica, porque con todo y su enorme talento, no lo lograba. 

Qué lindo sería que en Escalante o en Nunciatura hicieran Drag Brunches, que más allá de bigotes encerados, cervezas artesanales y fusiones gourmet, estos barrios se volvieran más como sitios de artes escénicas, de shows de mediodía, al que puedan ir familias de todo tipo hasta con niños, como en RHouse.

Ojalá se crearan más y nuevos lugares para que las personas podamos apreciar tanto talento que hay en Costa Rica antes de que se vayan del país. Lugares donde la extravagancia se junte con la cultura y se puedan ver –y pagar bien– a artistas y transformistas buenos, como mi primo hermano Noé.

Y para cuando queramos transformarnos en lo que queramos aquí un playlist de las favoritas de Naya Lords para sus shows: https://open.spotify.com/playlist/1T4I5fYAx3oEqdJjbwAYI7?si=78169b85261c417e

https://www.instagram.com/nayalordsoficial/


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