¿Arroz con leche? Nunca, gracias.

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Por Jasson Muir Clarke

El arroz con leche carece de cualidades redentoras. No tiene nada a su favor. No es empalagoso sino lo siguiente.

De antemano, perdón.

Sí, ya sé que su mamá o su abuelita hacen el mejor arroz con leche del país. Felicidades y que Dios me las mantenga con salud y prosperidad. 

Habiendo dicho esto, aquí va: odio el arroz con leche. Lo digo así, directo y sin mayores atenuantes para salir de esto de una vez. Lo odio. Me repugna en demasía. No puedo ni verlo.

Sé que estoy atacando una parte importante de la identidad culinaria nacional y posiblemente latinoamericana al escribir esto, pero asumo el riesgo para librar mi alma de la carga que siento al tener que esconder mi desprecio por el arroz con leche.

Y yo amo los postres. Rara vez he encontrado uno que me disguste. En Japón comí unos pastelillos rellenos de frijol dulce, y me fascinaron. También me encanta la cocina tradicional costarricense, entonces no es un asunto cultural. El rechazo que me produce el arroz con leche es biológico y pasional. 

Alguna gente ya sabe que lo odio, porque publiqué al respecto en Twitter y perdieron la cordura. Porque dije la verdad acerca el postre más desagradable que se le pudo haber ocurrido a la humanidad: el mejor arroz con leche es el que no se hace.

Hace poco, en un restaurante, el mesero nos dijo que traería un postre de cortesía, lo cual inmediatamente alegró mi espíritu. Y va sacando estos vasitos de un pálido arroz con leche, frío como la muerte. Qué momento tan anticlimático, como si se le cumpliese un deseo a mi peor enemigo. De seguro se reía con sorna en ese momento.

A ver, ¿cómo vas a cocinar arroz masudo en leche dulzona y servírselo a alguien? ¿No querés a esa persona? ¿Le deseás el mal?

El método de cocción del arroz con leche asegura un desastre culinario. El arroz se hierve con una cantidad abismal de agua, y por tanto tiempo que pierde cualquier atisbo de lo que alguna vez fue o pudo ser. Un crimen con alevosía, saña y premeditación, si me lo preguntan.

Luego, como si no fuera suficiente, ¡más líquido! Tanto que el arroz se rinde ante tanta violencia y libera su almidón para aglutinar el líquido. Una forma artesanal y engorrosa de hacer goma escolar comestible, solo que le ponen una ramita de canela y te lo dan de postre. A otro perro con ese hueso.

El arroz con leche carece de cualidades redentoras. No tiene nada a su favor. No es empalagoso sino lo siguiente. No le podés agregar un topping porque matás las papilas del comensal a punta de azúcar.

No se puede comer ni caliente ni frío. La canela no lo salva. Ni con miel de coco ni de chiverre. Nada se puede hacer para salvar una taza de arroz con leche, excepto pedir perdón, botarla y prometer arrepentimiento.

La textura, Dios mío, eso es de lo peor. Nadie quiere comer cosas a medio masticar, pero ahí andan tragando arroz con leche. El arroz con leche es el bolo alimenticio servido de postre.

Y si ya la textura del arroz con leche me resulta ofensiva, guardo especial rencor hacia quienes le agregan pasas. No basta con tragar engrudo y grumos, ahora me tienen que explotar las uvas medio muertas en la boca. Cesen y desistan inmediatamente.

No entiendo cómo se popularizó el arroz con leche y por qué despierta tantas pasiones. Hay atoles mucho más agradables y nutritivos, como el de harina de maíz o de yema de trigo. Hay postres húmedos a base de leche mucho más amigables y versátiles, como el absolutamente perfecto y candidato a la santidad, señor tres leches.

Me basta con ver una olla de arroz con leche en casa ajena para sentirme triste de que me lo vayan a ofrecer y yo me vea en la obligación social de, al menos, probarlo.

Y créame, lo he probado y de muchas formas: hecho en cocina de leña, a cualquier temperatura, hecho con amor a fuego lento, cocinado rápido en el microondas. Aderezado con coco, chocolate, y hasta con sabor a piña colada. Sencillamente, no puedo sobreponerme a la repulsiva sensación del arroz con leche, una terrible combinación que jamás debió existir.

Es pegajoso, pastoso, apelotonado. No sé si tragarlo entero o masticarlo. No quiero masticarlo. No quiero ni tocarlo con una cuchara. No me lo ofrezcan ni me lo pongan en frente. Es incomible, una cachetada rencorosa, una aberración culinaria, un asalto al paladar. No gracias, paso.


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