Mediocumpleaños

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Por Camila Molina
@emocionalia

Cumplir años justo en la mitad de lo que se suponía que era mi cumpleaños (6 meses antes o 6 meses después) comenzó a ser una manera de decir: yo existo.

¿Qué hacen las ansiosas de hoy? ¿Cómo celebran las ansiosas? ¿Celebran registrando? ¿Se registran celebrando? ¿Celebran ansiosamente? O, ¿por ansiosas, celebran y posponen su ansiedad? ¿Cómo celebramos las que nos dijeron que no había campo para nosotras y llevamos toda la vida tratando de celebrar como las que celebraron antes?

El domingo pasado, yendo a la feria por primera vez con una amiga nueva, abrí un libro que en su título tiene la palabra educación. No supe de qué trataba porque me quedé en la intro:

“El pasado es hermoso porque nunca comprendemos una emoción en el momento. Se expande más tarde, y por eso no tenemos emociones completas sobre el presente, tan solo sobre el pasado”,

Virginia Woolf

Durante toda mi vida he tenido la sensación de estar a destiempo. Sí; cuando he cumplido años lo encuentro demasiado próximo o demasiado tarde para mis ansias constantes.

En realidad eso ya no pasa, no me da angustia la idea de sentir algo adverso mientras estoy al frente de un grupo de gente querida y tengo que hundir mi cara en un pastel como gesto de respuesta. Vital. Pero el sentimiento prevalece, tal vez porque fueron las primeras sensaciones alrededor de una fecha que se suponía que sería feliz. Espontánea y llena de gratitud irracional, de esa infantil, la natural. Lustre y candelas. Piñata y esa estética de la escarcha. Son todos elementos que nunca pude idealizar para ser partícipe de esos días agónicos de planeamiento que ya era parte del acontecimiento.

Creo que tiene que ver con cogerle cierto cariño que me hiciera querer esperar nuevamente para que sucediera de vuelta. Solo sé que la semana alrededor de mis cumpleaños involucraba una serie de líquidos emocionales. El llanto anticipado al ser el objeto expiatorio del himno de la vida, la regurgitación después de zambullirme gluten siendo alérgica a él; o también –mejor dicho– tampoco, a mi escaso antojo especial por la idea de QUEQUE.

O queque mientras me miran. O queque comiendo queque siendo vista. O queque diciendo cosas siendo vista mientras miro comer queque a quienes les digo cosas. O queque siendo bonita. O queque abriendo regalos de las personas que me dieron regalos MIENTRAS COMO-QUEQUE. El primer corte de pastel nunca lo disfruté. La tajada «pastélica»; que luego se convertiría en queque. Siempre trataba de dárselo a algún perri a escondidas después, o antes de encerrarme en el baño.

La expectativa y el reconocimiento. Parecían ser dos cosas que solo un baño podría reconocer por naturaleza estructural, porque las podés jalar y ¡pum! La gravedad.

Comencé a celebrar mis medio-cumpleaños la primera vez que no me celebraron mi cumpleaños ninguna de mis dos familias (ni materna, ni paterna). Alivio y aislamiento. Fue el mismo año en el que ya me había ido de sus casas en el que decidí partirme en dos y mirarme no como mitad o como dicotomía, pero sí dentro de dos mitades que sentía que me habitaban. 2015, para ser exactas.

Creo que, intuitivamente, fue una manera de retratar mi emancipación. O asumir mi adultez entusiastamente. O una especie de antifaz existencial también. Un anonimato de fecha, uno numérico. Donde nadie sabe ni tiene por qué saber que ese es el día que decidí celebrar mi existencia. Oficializarla, también. Así como cuando una decide estudiar arte y expone, y los familiares no van porque no entienden cuán importante y oficial es en un plano identitario.

La lógica o, mejor dicho, premisas de ciertos vínculos afectivos que omiten tu noción de validación existencial son algo así como: si la existencia de una no es rutinaria, si no se comparte cierta lógica semanal en la distribución de afectos, no es una existencia tangible. Y si no es tangible, no es oficial. Así que supongo que cumplir años justo en la mitad de lo que se suponía que era mi cumpleaños (6 meses antes o 6 meses después) comenzó a ser una manera de decir: yo existo.

Y existo por mí y ante mí. Una existencia construida. La sostengo. Y me celebro decidida, consciente y me re-diseño en la celebración. Me he asumido como un conjunto de construcciones consensuadas por mí misma que aún no he logrado depurar las que están inconscientemente. Por eso, aún cumplo el día que cumplo. 18 de julio. Y es mi día de celebración para el mundo, para mi mundo familiar, para lo que me ha sido dado. Un cumpleaños ciudadano y otro, el del medio, cyborg. 18 de enero.

¿Con respecto a cómo socializo o me relaciono con los demás cumpleaños ciudadanos? Amorosamente bien. Les he organizado fiestas, a veces sorpresa, a amistades que no lo harían por sí mismas porque no le encuentran un sentido. Es como si esa misma cosa depre y apática que la gente que amo tiene por sus cumpleaños se desplazó de mi infancia y adolescencia. Ellas actualmente lo encarnan y yo me encargo de darle vuelta. Resignificarlo. A veces hedonistamente; haciéndoles queques libres de gluten.

Al menos por ahora, en mi post-adolescencia, me pasa que me he autodelegado ese rol. Pero no prometo ni aseguro que mi actitud «celebrativa» y entusiasta sea lineal en lo que respecta a mi adultez. Como que se me hace muy fácil dibujar croquis emocionales para abordar situaciones de manera colaborativa cuando soy buscada como amiga. Sin embargo, en lo que a mí respecta, entro en pánico. Soy un ratoncito sin olfato en esos experimentos de laberintos y quesos.

Me vuelvo torpe; se me deslizan las situaciones de mis manos y, a veces, incluso, digo cómo lo voy a abordar con un té en la mano. Sentada en indio con una almohada en alguna casa de algún vínculo cercano.

Lo que quiero decir con esto no es precisamente que no sigo los consejos que doy o que tengo tendencias incongruentes. Si no es que, a la hora de salirse de una misma para compartir con otras personas, la perspectiva se torna automáticamente menos pesada. Si bien detestaba mis cumpleaños, amaba hacerme presente en otros. Incluso elegir mi contribución material días antes, cuando en esas épocas se daban regalos. Y se envolvían. Y que qué papel y qué color de papel y que si ese lazo. Y que Palí tiene Barbies baratas pero no Barbies sirenas. O pistolitas de pelotas que se caen en el intento y no de agua.

Ahora mi retribución tiene que ver con lo afectivo. Lo organizativo-afectivo. Lo culinario-afectivo. Mi regalo es lo que me saca inmediatamente de mis propias fijaciones y aversiones. Para compartir con más personas lo que le di a la otra persona. Mientras comen que-que mientras siguen compartiendo otros regalos con las demás personas. Sabiendo qué se siente estar ahí, del otro lado. Del lado de la atención. Del lado del asumir con cierto significado la existencia porque la atención está en vos.

Esos lados son los que me interesan, los del entremedio. Los híbridos. En el entretanto. U organizar algo con esa curaduría de personas escogidas que, curiosamente, saben qué se siente lo que yo sentí, porque ahora lo sienten. Y que tiene sentido que estemos celebrando porque de la forma que sea, se siente. A destiempo. Cyborg, o en el entremedio.

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