Comic Con en la voz de un fan

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Por Mauricio Villalobos

Una lonchera, que podría resultar tan simple para muchos, es lo que despierta en mí una curiosidad inmensa por descubrir las historias detrás de hombres y mujeres que se vestían con ajustados uniformes de brillantes colores y atrevidos diseños.

Según me cuentan, en pocos días vamos a tener una edición local del ya muy conocido evento Comic Con.

Para alguien que ha sido fan de los superhéroes desde que tiene memoria, resulta interesante y hasta divertido volver la vista atrás y revisar todo lo que ha tenido que ocurrir para que un evento de nicho llegara a convertirse en una marca de impacto global.

Según los datos históricos que arroja Wikipedia los ‘comic books’ o  libros de historietas, como se les dice en castellano, datan desde 1842, pero no fue sino hasta la publicación de Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster en 1938, que este medio impreso se empezaría tornar en una industria al mismo tiempo que se empieza a forjar el arquetipo del superhéroe.

Yo, por mi lado, el recuerdo más remoto que tengo de uno de estos personajes puede andar por 1971 o 1972, cuando se transmitía en horario estelar la serie Batman protagonizada  por Adam West. Este programa reunía a todas las familias de aquel momento frente al televisor y la mía no era la excepción. Me encantaba y aún recuerdo el cierre que invitaba a ver el siguiente episodio “a la misma batihora y por el mismo baticanal”.

Durante algún tiempo mi repertorio de superhéroes fue muy reducido y la atención se repartía únicamente entre el hijo de Krypton y el paladin de Ciudad Gotica, hasta que un sábado por la mañana descubro a los Superamigos y es así como se suman  al menú otros personajes como Marvila (Wonder Woman) y Aquaman.

Más adelante empezaría a comprar y coleccionar las ediciones en español de esos mismos comics; Superman, Batman, Archie, El Llanero Solitario… los cuales se podían comprar en supermercados, farmacias y bazares, eran distribuidos por la Casa de las Revistas y editados por la editorial mexicana Novaro. Parte importante de acompañar a mi mamá a hacer las compras de la semana era estacionarme frente al ‘carrusel’ de revistas de historietas en el supermercado mientras ella iba llenando el carrito y al final pulsearle que me comprara alguna.

Después vendría la serie animada de Los 4 Fantásticos realizada por Hannah Barbera y que transmitían por las tardes, abriendo así ventanas hacia un ‘universo paralelo’ al de los  Superamigos. Esto quedaría revelado cuando a mi primo le obsequian una lonchera que venía decorada con las estrellas más rutilantes de lo que más adelante sería llamado el Universo Marvel. Ahí venían retratados El Hombre Araña, El Capitan América, Thor, Hulk, Yellow Jacket, Dare Devil, La Bruja Escarlata, Iron Man, Falcon, The Wasp, Vision, Hawkeye y por supuesto Los 4 Fantásticos.

Ese artículo que podría resultar tan simple para muchos, es lo que despierta en mí una curiosidad inmensa por descubrir las historias detrás de estos hombres y mujeres que se vestían con ajustados uniformes de brillantes colores y atrevidos diseños. Pero esas historias no estaban tan a la mano. Las revistas de Marvel no tenían ediciones en castellano, las pocas que venían eran costosas y se vendían en pocos puntos de venta. Leerlas tampoco era tan sencillo por la barrera idiomática.

Obviamente, estas ediciones originales eran categóricamente más atractivas que las mexicanas, quizás porque eran de dimensiones más grandes, pero también porque las portadas eran adictivamente explosivas. Sin olvidar la publicidad de productos que jamás iba a poder comprar y sumaban así a la experiencia aspiracional.

Estos textos como punto de partida me permitían poner a volar mi imaginación y soñar que tenía superpoderes mientras me proyectaba a través de estos superpersonajes imposibles y sus fascinantes existencias repletas de aventuras.  Era habitual repartir ese elenco con los amigos y tener uno los derechos exclusivos para interpretar a Superman o a Flecha Verde en algún juego de rol.

Eran los 70, y en la TV se potenciarían algunos personajes como ocurrió con la Mujer Maravilla de Lynda Carter, El Hombre Nuclear, La Mujer Biónica y con ellos nuevas obsesiones debidamente mercadeadas por líneas de juguetes muy bien pensados para estimular esa fantasía de poder tener superpoderes y realizar proezas extraordinarias fuera del alcance de cualquier mortal.

Con la llegada de Star Wars a nuestros cines en 1978 haríamos puente hacía los 80, esa década prodigiosa en la cultura popular, pero poco fértil para esos personajes superpoderosos que yo colocaría en un periodo de hibernación.

La locura global que provocó el estreno de la película Batman de Tim Burton, en 1989, logró reactivar la franquicia y redimir al personaje del daño que la serie sesentera antes mencionada pudo haber infligido en ese oscuro vigilante. Pero aun así no fue suficiente para revivir aquella pasión por las fantasías heroicas que curtí durante mi infancia y preadolescencia.

No fue hasta años después, por ahí de 1995, y como parte de una estrategia de marketing a gran escala, que son lanzadas en Costa Rica las Pepsi Cards. Esas postales presentaban a todo el elenco extendido del universo Marvel a través de espectaculares ilustraciones que serían tachadas de satánicas. Eran lo suficientemente poderosas para reconectarme nuevamente con esos personajes y esas narraciones que habían quedado en pausa hacía mucho tiempo. Era fascinante contemplar esas imágenes y ver cómo muchos personajes habían evolucionado y lucían mucho más sofisticados y hasta glamorosos.

Y es así, ya como adulto que vuelvo a comprar comics en un reencuentro donde se derriban mitos; pues ya no eran necesariamente una narrativa infantil. De hecho, se manejaba un nuevo término y formato literario llamado novela gráfica que, de alguna manera, legitimaba esa literatura acompañada de ilustraciones para lectores maduros.

Más adelante, vendría la Internet con sus efectos colaterales, agrupando comunidades y descubro lo que venía sospechando hacía tiempo; y es que había personas que llevaban su pasión por los superhéroes un nivel más arriba al caracterizarlos en una actividad que más adelante se llamaría cosplaying.

Este hobby encontraba su vitrina más apropiada en las convenciones de comics que ya se venían celebrando en algunas ciudades de los Estados Unidos, siendo la de San Diego, creada desde 1970 la que traza los planos para todas las demás.

Es así como en el año 2006, a punto de cumplir 40 años de edad, que saldo una deuda con ese niño de los años 70 y me decido a visitar una de estas mega reuniones con una selección de trajes de superhéroe y dispuesto a vivir una experiencia diferente a cualquier otra que haya experimentado antes.

El evento escogido sería el Dragon Con de Atlanta y la frase que mejor describe la experiencia es una que le robé a Sheldon Cooper (de The Big Bang Theory) en un capítulo dedicado al Comic Con y al cosplay; “Toda nuestra vida hemos soñado con encontrarnos dentro de uno de los mundos de fantasía que amamos” y eso es precisamente lo que ahí ocurre.

Ha corrido mucha agua bajo el puente y los superhéroes dejaron de ser propiedad de los niños, geeks y nerds para convertirse en el combustible de los contenidos más lucrativos de la industria cinematográfica y televisiva de hoy día.

Y es así como cada vez que asistimos a un estreno de Star Wars o del Universo Cinemático de Marvel, volvemos a ser niños al permitirnos esa capacidad de asombro que de adultos habíamos puesto en reposo.

Esas mismas historias que durante muchísimos años estuvieron guardadas en las páginas de unas revistas y que yo leía de niño han resultado ser de alcance universal y han logrado cautivar a toda una generación, diciéndome así que de alguna manera que yo con mis obsesiones de niño no andaba tan perdido.


 

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