Prometo amarte para siempre

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Por Mónica Morales
@monimoralesm

Si tuviera que elegir un eslogan para el plan de vida de los próximos años, sería: «con todo respeto, pero me vale un carajo».

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, escribió Tolstói en Ana Karenina.

Justo cuando busco mi distintivo personal como profesional, como escritora y como ser humano, es cuando más intento construir una familia común y corriente. Una familia sin caos. Una familia feliz.

Este 2022 me caso y el reto para los próximos cuatro, cinco, seis, veinte, ochenta años es fortalecer la unión. Sí, en contra de todo lo que de joven creí que creería cuando fuera grande, me caso con la intención de que sea para siempre.

A mis 36 años, el matrimonio vino a revolcarme las ideas que me construí en la cabeza. Las ideas de un feminismo joven, rebelde e ingenuo.

Creí que no me casaría, que para qué las formalidades, que un anillo no significa nada, que una fiesta de boda es botar la plata. Y todo eso es cierto, si uno quiere que lo sea, pero lo contrario también se vale.

Y acá estoy, ya tengo contratada la wedding planner, música para la ceremonia, ya hicimos la prueba del menú y están enviadas las invitaciones.

Elegí un vestido que incumple con todos mis parámetros establecidos: es blanco, rimbombante, con cola, digno de Cenicienta. Sí, siento que me traiciono a mí misma pensándome como una princesa. Perdón a la Mónica veinteañera, pero me veo divina, entonces qué más da.

Mi feminismo sigue vigente y más fortalecido que nunca, pero se enfoca –y se seguirá enfocando– en conquistar más y mejores espacios de realización y de expresión. Espacios para mí y para mi hija. Espacios que no deberían estar determinados por si me caso de blanco o si vivo en unión libre, en si me caso por lo civil o en ceremonia religiosa, que si invierto en una fiesta boho o en una chic.

Si tuviera que elegir un eslogan para el plan de vida de los próximos años, sería: «con todo respeto, pero me vale un carajo».

Así que tampoco bajaré de peso para la boda. Me caso con los tres kilos de más con que conocí a Rafa hace ocho años. Con los tres kilos de más de los que siempre me quejé hasta que aprendí a que yo no peso 60 kilos, sino 63. Es más fácil cambiar de dígito que cambiar de cuerpo.

Mi reto para los próximos años es amar con locura, construir consensos, respetar nuestros espacios en pareja, tener paciencia y seguir creciendo como persona. Además, darle a nuestra hija el mejor ejemplo, para que ella, cuando quiera, forme su propia familia feliz a su manera.

Ahora que me despojo de sesgos autoimpuestos, me dedicaré a trabajar en las cosas que realmente importan: elegir el setlist para la fiesta de mi boda.

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