Las barras que levanto.

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Por Diana Zuleta

Todos los días tengo la opción de no hacer esto, de dejar la barra donde está. Y así con todo. Pero eso no es lo que quiero.

La vida me sigue pidiendo que eleve la barra, que no me conforme. Son las diez de la mañana de cualquier día de la semana menos domingo. Estoy en ese lugar, mi nuevo templo de la felicidad, literalmente elevando la barra. “¿De cuánto son esas pesas? Usted puede más, se está engañando”, me dice el coach con cara seria. Yo me devuelvo y le subo 10 libras. Intento de nuevo. (Puta, tiene razón.) “¿Por qué deja que su mente decida por su cuerpo? Cuando usted escogió ese peso, ni siquiera se dio una oportunidad. Desde antes de comenzar ya había tomado la decisión de no poder.” (¿por qué todo esto me suena tan filosófico?). 

Tenía, fácilmente, 10 años de no poner un pie en un gimnasio. En enero de 2020 me dije “¡este es mi año!” y bueno, el chiste del 2020 se cuenta solo. Pero ahora es 2022, poco y mucho ha cambiado, y acá estoy en mi sexto mes de elevar barras. Nunca me he sentido tan fuerte, y a la vez tan débil. En medio de todo esto, un día hace 5 meses decidí ir a una clase de defensa personal que en realidad era una clase de Jiujitsu y antes de que cierren este texto creyendo que les quiero convertir al BJJ, permítanme contar lo que ha pasado desde entonces, con preguntas que yo misma me hago: ¿Por qué me gusta tanto algo tan frustrante y peligroso? ¿Por qué estoy obsesionada con algo que me va a llevar una década mejorar? ¿Por qué me estoy divirtiendo tanto aunque el 99% del tiempo no sé qué estoy haciendo? ¿Por qué elegí esta barra? No sé. O sí sé. Porque me enfrenta a lidiar con la adversidad y a hacerme más fuerte, de la manera más literal y a diario. Porque me enseña que hay cosas mucho más importantes que ganar, como por ejemplo, perder. Porque todas las veces salgo más feliz y más calma de cómo llegué. Porque es la metáfora más linda de vivir que he conocido. 

“Escoja sus peleas” me ha dicho el Sensei varias veces (y, de nuevo, ¿por qué sus frases aplican para todo?). Mientras entreno, las frustraciones dejan de tener lugar. Pienso en las peleas de la vida diaria y entre barra y barra rápidamente me doy cuenta de cuáles valen la pena. Lucho mentalmente con otras cosas, como por ejemplo, la culpa de estar aquí en “horario de oficina” (em, ¿cuál oficina y según quién?). Inmediatamente después, me hago el regaño al revés: “mi misma: comenzaste a trabajar a las 6:00 a.m. para poder estar aquí”. Aunque en realidad, bastaría con auto-felicitarme por finalmente elevar esa barra que tenía tan baja, la de diseñar una vida sana y linda no centrada en el trabajo. 

Qué duro es esto. Son las 11.30 a.m. en el templo de la felicidad y para esta hora normalmente estoy yo —una ratoncita— y los seis toros más fuertes que he visto en mi vida, entrenando con sus playlists de Jon Secada, salsa y los romances de Luis Miguel a todo volumen. Qué tora soy. No me importa ser la menos fuerte de este lugar y por mucho. 100 chin-ups siguen en mi rutina de hoy según el coach; me río porque está loco, pero estoy peor yo porque sigo la instrucción. Todos los días tengo la opción de no hacer esto, de dejar la barra donde está. Y así con todo. Pero eso no es lo que quiero. En tiempos inciertos, y aunque sin lógica aparente, elijo todos los días construir eso nuevo, emocionante, que me va a tomar diez años hacer, así me tome hacerlo un día a la vez. En el tercer año de la crisis económica y de salud que le dio un vuelco a la vida, cada quien sigue haciendo lo mejor que puede. Yo, también. Las barras que levanto pueden parecer incomprensibles, y todo bien. Nadie tiene que entender. La vida insiste en que no me conforme y hago las paces con eso. Subo la barra, escojo mis peleas, escojo mi dolor, y camino mi propio camino.


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