​​El reto ciudadano de ser una mejor opinión pública.

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Por Irene Fariña

Así como entrenamos el cuerpo en el gimnasio y nos educamos a comer mejor, necesitamos como país aprender a masticar cada bocado, tragar despacio y digerir antes de reaccionar.

Si un fenómeno ha permeado las últimas décadas a nivel político es el de la avalancha de “participación ciudadana” digital con el auge de las redes sociales. En apariencia, hoy hay mucho más involucramiento ciudadano que lo que ha habido en cualquier otro momento. No obstante, el nivel de profundidad y compromiso real de esta vinculación puede llegar a ser hasta más light y efímero que una historia de Instagram.

Enfocándonos en lo bueno, podemos afirmar que la distancia entre quienes ejercen el poder y la ciudadanía se ha acortado dramáticamente, se ha hecho más accesible y quizá hasta da la impresión de que se ha “horizontalizado” la estructura de poder. Antes, era impensable tener la posibilidad de dirigirse a una persona ocupando un cargo público sin sortear capas de intermediarios y burocracia. Hoy, en cambio, la persona puede ver nuestro comentario en redes, responder e interactuar más directamente. También es posible para la opinión pública reaccionar en tiempo real a eventos, decisiones y hasta cambiar el curso de las mismas vía presión en masa en estas plataformas. Mientras tanto, para los políticos es mucho más fácil y rápido generar apoyo o visibilidad sobre iniciativas que impulsan, a la mano de un simple clic. 

El poder expresarnos, responder en tiempo real y directamente, “de tú a tú” con quienes ostentan el poder, nos da una sensación de empoderamiento, de libertad e igualdad con respecto a los grupos tomadores de decisiones. Nos sentimos con mayor derecho a ser escuchados y a que nuestras opiniones sean tomadas en cuenta, así como nuestras opiniones son más poderosas que nunca, sin tener nosotros que serlo. Una sola opinión, viralizada, puede influenciar masas.

Por otro lado, el empoderamiento y la aparente cercanía, sumada a la protección de estar detrás de una pantalla, hace creer a algunos que el simple hecho de ser integrantes de la ciudadanía da derecho a insultar, a acosar, o decir cualquier cosa. Se confunde frecuentemente el concepto y el derecho a la libre expresión con el respeto humano, con tener derecho a decir lo que sea e ignorando la responsabilidad al opinar.

Una opinión pública bien informada, crítica e involucrada es pilar de la democracia. Ahora bien, ¿es opinar en redes poner en práctica eso? Pareciera que nos gusta criticar a otros sectores (gobierno, empresas, academia, prensa y hasta al sector sin fines de lucro), pero hacemos poca autocrítica. Nos hace falta ser capaces de cuestionarnos, aceptar nuestras propias limitaciones en cuanto a conocimiento, a sesgos, a interpretación de los comentarios de otras personas, y, sobre todo, a tener presente la posibilidad de que podemos equivocarnos. No somos iguales si contestamos recién levantándonos, o apenas saliendo de un problema, que si se trata de un tema donde tenemos mucha experiencia o en una situación que nos afecta emocionalmente. En mi experiencia “opinando” rescato y comparto estos puntos para la reflexión, y advierto que parecen más fáciles de lo que son, pero no por eso menos importantes de intentar aplicar: 

  •   Argumentar, no personalizar:

Es innecesario criticar a las personas por su físico, por algo personal, o por algo que no sea sobre su trabajo o sus responsabilidades. Es aún más innecesario asumir que una opinión, en un momento y espacio puntual, sobre un tema determinado, define a alguien para toda la vida. Nada justifica insultar, humillar o menospreciar al calor de una discusión o debate.

  •   No asumir:

“Si le gusta A es porque le disgusta B”

“Si está en contra es porque piensa así o asá”.

“Si no piensa como yo, no tiene derecho a opinar, o que se calle”

El que alguien tenga una idea, puesto u opinión particular no implica de forma alguna que piense de determinada manera, que tenga posturas favorables o antagónicas en otros temas. Uno de los errores que podemos ver a diario en debates o discusiones en redes sociales es el “clásico”: si no está a favor, está en contra”. No asumir es una sana costumbre. Y mucho menos sobre personas a quienes no se conoce. En inglés hay una frase famosa que me recitaba una y otra vez una jefa: “asume makes an a-s-s-of-u-and-me”. Para traducirla en “bonito” asumir nos convierte en asnos a usted y a mí.

  •   Es válido cambiar de opinión-¡siempre!:

Una opinión no define a nadie. Nunca. Las opiniones no están escritas en piedra. Parte de evolucionar como personas y como sociedad implica cambiar la manera que vemos el mundo, el país, la comunidad, las relaciones y a nosotras/os mismas/os. Incluso quien ha defendido una postura por mucho tiempo está en todo el derecho de cambiar de opinión. Frecuentemente, son precisamente las interacciones con los demás las que nos amplían el horizonte y nos permiten ir incorporando mejores elementos de análisis, así como formar criterios más sólidos.

  •   Ser racional, no pasional es la aspiración:

Si algo incita las emociones son las opiniones en redes sociales, posiblemente las reacciones que generan son solo comparables con las de un partido de fútbol. Alteran nuestro estado de ánimo y hasta nos afectan físicamente. A mí hasta la presión me suben a veces. Lo peor es que, detrás de un teclado, sin audio, video y contexto, frecuentemente es la intención del mensaje lo que más se distorsiona. Así como entrenamos el cuerpo en el gimnasio y nos educamos a comer mejor, necesitamos como país aprender a masticar cada bocado, tragar despacio y digerir antes de reaccionar. Ya lo decía la célebre frase de nuestros antepasados ante las dudas: “mejor esperar a que se aclaren los nublados del día.” No es nada fácil de hacer, pero si practicamos pausarnos, releer y calmarnos antes de contestar, lograremos capitalizar la razón y no tanto la pasión.

  •   Verificar y cuestionar es el deber:

Más allá de no compartir “fake news”, es indispensable que seamos capaces de cuestionarnos. Eso implica aprender a identificar ¿quién es una buena fuente? Además de canales oficiales, busquemos personas sensatas y que demuestren sentido común y buena conciencia a la hora de opinar. Tratemos también de seguir voces distintas a las nuestras, pues solo desde la diversidad y desde la exposición a distintas formas de pensar, abriremos nuestra mente y potenciaremos nuestra capacidad de análisis.

  •   Cortesía, no agresión, definen nuestra opinión:

Entrenarnos a contestar, diferir y hasta a corregir desde el respeto y no desde la agresión debe ser un ejercicio permanente. Se puede decir lo mismo de muchas formas distintas, cuidemos la forma tanto como el fondo. Seamos parte de la solución y no del problema, evitemos atizar sentimientos negativos y, en cambio, busquemos siempre contribuir al debate sano, demostrando humanidad, decencia y respeto por otras personas. Si no podemos responder sin agredir o usar un tono violento, bien haríamos en pagarnos a ver, porque claramente quien tiene el problema es quien no lo logra. Entrenémonos también a no caer en la provocación.

  •   Equivocarse es parte del juego; quien no lo haga, pierde.

Opinar es exponerse e implica arriesgarse a equivocarse públicamente. Usted se va a equivocar, yo me voy a equivocar, todas las personas nos vamos a equivocar. Claramente hay errores de errores, y lo que más importa no es equivocarse, sino cómo respondemos ante el error. Si cometió uno, acéptelo lo más pronto que pueda, busque corregirlo. Si amerita, discúlpese. Trate de no repetirlo, pero también de no martirizarse. Pero sobre todo, no le haga a los demás lo que no le gustaría que le hicieran a usted. Siempre trate de pensar cómo querría que le reaccione el público si fuera usted quien se equivocó. Haga lo mismo, enjuague y repita. Muy pocas veces las personas merecen ser “canceladas” por una opinión. Quizás es la reincidencia la única que debería guiar una cancelación. Y aún así, consideremos que las personas no tienen la misma crianza, oportunidades o exposición al mundo. Muchas veces la forma de pensar o reaccionar no es el ideal y no es su culpa. Demos el beneficio de la duda, así como nos gustaría que nos lo den si estuviésemos en esa situación. En mi experiencia, casi con todas las personas que se debate desde el respeto, así sean de avenidas distintas, se pueden encontrar puntos comunes.

  •   No importa tanto quién tiene la razón:

Tener la razón es delicioso. Empodera, alivia y alegra. Soy la primera en dar la razón en eso. Pero no es lo que debe guiar la discusión nacional. Debemos luchar contra nuestros propios instintos para mantener el enfoque de la discusión en lo urgente y lo importante, aceptando que a veces tendremos la razón, otras no, y hay temas donde nadie la tendrá. Si no la tenemos, aprendamos a reconocerlo sin dramas. En caso de que sí la tengamos, no esperemos que nos lo reconozcan con bombos y platillos. Busquemos siempre ganar desde el intercambio.

Elevar el nivel de la discusión debe ser una meta colectiva común hoy y siempre. La opinión pública se construye desde lo individual a lo colectivo. No nos desperdiciemos como personas físicas y digitales; busquemos contribuir con nuestras opiniones a crear una sociedad civil justa, analítica y propositiva, que lleve a cada quien a alcanzar la mejor calidad de interacciones y de vida posibles.


Sobre la Autora:

Irene Fariña es comunicadora y especialista en responsabilidad social, fundadora de PhilanTropics. Practica el mismo deporte de alto riesgo que Mafalda; opinar.


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