COLUMNA: La dirección de las eras

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Por Larissa Soto

«La juventud que yo conozco está haciendo cosas significativas, pero el poder monetario lo tienen los adultos, son ellos quienes hacen revoluciones verdes y armas. Deberíamos superarlo”.

Las palabras de las mujeres agricultoras que he conocido vienen a mi mente como un caleidoscopio, pero no puedo retener ninguna con la suficiente propiedad como para hablar por ellas.  

Recuerdo muchos brazos robustos. Los míos, de antropóloga más de escritorio que de campo, parecen ramas frágiles en comparación. Como mujer, me identifico con algunas de sus batallas. Pero también entiendo que sus vivencias son muy distintas a las mías. La tenacidad con la que hablan conmigo, la fuerza de sus horarios, las desventajas de ser mujer fuera del área metropolitana. 

Por eso amplificaré un pedacito de una experiencia. Decidí llamar a Miriam. 

“Las eras de mi huerta han cambiado de dirección demasiadas veces, han estado en todas las direcciones posibles —se ríe— pero no es por experimentación. Es porque las mujeres de La Yunta hemos ido decidiendo qué dirección le damos, con el sol, con el viento… Depende siempre de la sabiduría de las demás”. 

Pelo blanco, 65 años, me habla desde Santa Rosa de Oreamuno, mientras hace el almuerzo. Miriam Durán Castro pertenece a La Yunta Agroecológica y a otra colectiva más pequeña: La Escuelita de Saberes Libres. Hija de La Yunta, de cariño.   

Esta organización de mujeres nació en 2017. Es una red de apoyo entre mujeres rurales o con el interés de cultivar. Ellas se trasladan cada vez que alguna necesita manos para trabajar su finca, ya sea en Talamanca, Nicoya, o Térraba. Juntan dinero para impulsar sus proyectos y se apoyan entre sí mientras despegan. “La Yunta es lo mejor que me ha pasado, cambió mi vida.” 

Doña Miriam desde niña tuvo vinculación con la tierra: “Yo metía caña en el trapiche cuando era con bueyes y en las noches de luna llena jugábamos escondido en los potreros”. Sin embargo, a los 15 años esas vivencias terminaron. Su familia dejó Llano Bonito de León Cortés para migrar a San José. 

“Entonces tengo las dos perspectivas: es muy cómodo consumir cosas que no son alimentos, lo que ya está hecho, alimentos que viajan y significan mucho en términos de contaminación. Una parte de los adultos no estamos transmitiendo eso a las nuevas generaciones”.  

Pero dice que no cree cuando se dice que la juventud está perdida, o que no tiene interés. Desde su vivencia, cada vez más mujeres trabajan por comer sin agroquímicos: «La juventud que yo conozco está haciendo cosas significativas, pero el poder monetario lo tienen los adultos, son ellos quienes hacen revoluciones verdes y armas. Deberíamos superarlo”. 

El proyecto de doña Miriam, Ararí Plantas y Salud, produce y da valor agregado a las plantas: almohadas terapéuticas, tinturas, y deshidratados. En su huerta tiene además alimentos para el autoconsumo. Recientemente ha emprendido también con Casa Ararí, un hospedaje en donde también se puede participar de talleres con ella.  

Y si bien “nadie puede decir que es autosustentable”, para ella lo más satisfactorio es “tener la tierra, usarla, a partir de un suelo que no es apto, utilizar los desechos, enriquecer ese suelo para hacer alianzas con las compañeras, compartir lo que sembramos”. 

Esa solidaridad que se expresa en La Yunta Agroecológica, es un ejercicio práctico y constante, es cambiar varias veces la dirección de las eras según sea necesario. Me impresionó ese gesto, dejarse guiar en algo tan decisivo como la distribución de las eras en su finca, con todo lo que puede implicar, pero ella está muy segura: “El daño que no me haría a mí misma, no se lo haría a ninguna mujer”. 

En ese momento pensé en el tremendo balance que doña Miriam proyecta: autonomía y solidaridad: “Nos han enseñado que somos la mitad o el complemento de alguien, pero no miramos hacia adentro. No importa la edad, no necesitamos más que la compañía de nosotras mismas. La verdadera alegría está dentro de nosotras, en ser genuinas”.  

 

Ella y su colectiva continuarán desplazándose a fincas donde hay otras mujeres sin los recursos económicos para consolidar sus proyectos, para decidir entre todas la dirección de otras eras. Me recalca que esa sororidad se debería dar en cualquier otro ámbito: “Es lo que hacemos nosotras porque ese es nuestro campo”.


 

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