​​Dejarse de culpas, ¿Se podrá?

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Por Marisa Victoria

Mi mamá me dijo una vez que le parece que soy como un tren, cuando tomo una decisión voy a fondo, con dudas o sin dudas, con culpas o sin culpas, no sé si lo dijo como cumplido o advertencia.

Para alguien que no fue criada en la fe católica ni en ninguna fe, siempre me sorprende mi capacidad superior para sentir profundamente la culpa cuando me equivoco y, como me he equivocado bastante, pues tengo hasta para regalar. No estoy hablando solo de culpa normal, de la que sirve para autorregularse y evitar causar daño. Yo siento culpa por pequeñeces que pasaron hace años, décadas

A veces siento culpa por lo que intenté y no logré hacer, aunque le haya puesto todo mi empeño; otras veces siento culpa por tan siquiera intentarlo… mayormente siento culpa por omisión.

Pienso que el origen de muchas de mis culpas está en que me impongo altas expectativas para mí misma y que se la traslado a la gente a la que a veces, sin intención, decepciono, así que, de paso, me decepciono a mí misma. O sea, termina siendo mi culpa el hecho de sentir culpa.

Esta culpa me lleva usualmente a lugares de inmovilismo, como un círculo vicioso de sentirme mal por no ser la amiga que quiero ser y podría ser, o la mejor hija, la mejor hermana, por no querer como me quisieron… y no poder salir de ahí.

¿Saben qué me gustaría? Ser como algunos (¿muchos?) hombres, a los que el patriarcado les ha dado el privilegio histórico de no sentir culpa o de sentirla por muy poquito tiempo, de forma leve y seguir adelante con sus vidas. Como yo no tengo ese privilegio, trato (y a veces lo logro) de transformar las razones por las que me siento culpable en cosas por las cuales sentirme responsable y así reconocer errores, no para hundirme en ellos, sino para tratar de enmendarlos, volcar la culpa inútil en culpa adaptativa a ver si así sirve para algo la maldita culpa.

En este preciso momento y gracias a la invitación para escribir en este blog, quiero profundizar ese ejercicio y aprovechar para dejarme de culpas, bueno para dejarme de tantas culpas, bueno para tratar de dejarme de tantas culpas. Y para reconocerme también los momentos en los que no he permitido que la culpa entrara a determinar nada. Por ejemplo, nunca he sentido culpa por ser lesbiana, nunca he sentido culpa por amar y espero nunca permitirme semejante cosa; eso sí que se lo agradezco a mi crianza laica.

Mi mamá me dijo una vez que le parece que soy como un tren, cuando tomo una decisión voy a fondo, con dudas o sin dudas, con culpas o sin culpas, no sé si lo dijo como cumplido o advertencia, pero en concordancia con esa actitud, dejarse de tantas culpas y dejarse de varas implica hoy para mí, dejar en el final de este texto un par de declaraciones de amor: la primera a mí misma, por todo lo que he logrado a pesar de todo lo que no he podido lograr. Y punto. Así. No es poco.

Y la segunda a una mujer como las que pensé que no existían y que resulta que andaba por ahí desde hace años caminando cerca de mí y yo de ella. Aunque nos tomamos un buen tiempo para encontrarnos, hoy le quiero decir que no estoy dispuesta perderme de esto, voy con todo, sin miedos y con pocas dudas (porque es mejor la honestidad radical) y sin poner ni los codos. Y sobre todo, sin culpas.


Marisa Victoria: Treintañera nacida en Colombia el día tres del mes tres a las 3:30 p.m. de 1988. Unos años más tarde fue adoptada con su familia por este país y luego decidió ser costarricense. Por el vil metal se dedica a microbiología clínica en un hospital a muchos kilómetros de la capital, pero su verdadera pasión es buscar los mejores lugares para hacer siestas y entregarse al lesbianismo no ortodoxo.


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