Mi primer día como agente de Call Center

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Por Andrés Díaz

Me puse rojo, pero ya el daño estaba hecho. Quizá el único que se acuerde de lo que dije ese día soy yo.

Todavía me acuerdo del primer día, cuando nos recomendaron cerrar los ojos porque iban a encender los reflectores. Creo que todavía no me he recuperado de la sensación que me dejó ese resplandor que, por unos segundos, me robó la vista. Estaba en el training room junto a otras 15 personas; mi billetera y celular estaban guardados en un casillero. El último mensaje que recibí fue de mi mamá: “Buena suerte en tu primer día, demostrales de dónde venís”. No le quería quedar mal.

Con el rabillo del ojo veía al resto de mis compañeros –por suerte, estaba en la última fila del aula– así que pude ver cómo este grupo era tan distinto al de mi última clase del colegio. En ese entonces yo era el más joven, nunca había trabajado ni sabía lo que era pagar la renta de un apartamento; yo solo quería tener plata para comprarme una compu para jugar videojuegos y ayudarle a mi mamá en lo que pudiera.

Uno a uno nos fuimos presentando. Ellos tenían hijos, carreras, o un pasaporte repleto de marcas.  El compañero que tenía a la par se identificó como músico, dijo que llevaba ocho años saltando de call center en call center, pero lo que hacía en una jornada de ocho horas no lo terminaba de definir y que entonces él era músico. 

Cuando me tocó a mí, solo dije que me gustaba leer por mi mamá y disfrutaba el fútbol por mi papá. Me arrepentí de inmediato, me puse rojo, pero ya el daño estaba hecho. Me sentí como un cuaderno que solo tenía páginas en blanco. Igual, esto ya no era el colegio. Quizá el único que se acuerde de lo que dije ese día soy yo.

El trainer nos aclaró porqué estábamos ahí e incluso que deberíamos estar hasta agradecidos, porque esto era un “One life opportunity” y que ahí afuera había una larga fila de gente deseando estar en nuestras sillas ergonómicas.

Ese trainer no duró mucho, pero nos explicó las reglas básicas del juego: No celulares, trabajar a conciencia y, sobre todo, no llegar tarde. Yo tenía un nudo en la garganta porque pensaba que no sería capaz de estar ahí todos los días a las 7:00 a.m. Era imposible…, hasta que no lo fue.

Estábamos ahí para darle servicio al cliente a una empresa que se las jacta de ser muy progre en Estados Unidos, con hamaquitas y cuartitos para que sus empleados se relajen, pero a nosotros solo nos daban cinco minutos para ir al baño por día y cada segundo que pasábamos frente al monitor estaba cronometrado para evitar que malgastáramos el tiempo y su plata. Sin embargo, la verdad yo de eso nunca me quejé.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. La foto del gafete ya no se parece a mí y la verdad yo tampoco me parezco al muchacho que perdió la vista por un resplandor. Ahora ya no puedo ver de lejos sin mis lentes de pasta gruesa, también subí unos 20 kilos y me fui de la casa de mis papás. Me monté en la escalera corporativa, ascendí a supervisor, me devolvieron a agente, fui entrenador y volví a subir. Fui un imbécil, pero también tuve la oportunidad de ser justo. Envié una antología de correos y resolví más de 5.000 casos por chat. Atendí más de 10.000 llamadas, de las cuales ya no me acuerdo de ninguna– por dicha–.

Lo único que mantengo en la memoria son los rostros de mis compañeros, que, como yo, se fueron marchitando. Aquellos que compartieron conmigo las brazadas en un lago de mierda del que pensamos que nunca íbamos a salir, pero lo hicimos. Celebramos triunfos, un ascenso o que pudieran regresar a lo que realmente les apasiona, como la música. A veces solamente celebramos que habíamos llegado al viernes. La verdad de ellos nunca me voy a olvidar.

Ha pasado mucho tiempo, ocho años desde mi primer día. Les cuento esto porque hoy presenté mi renuncia para ir a estudiar a Europa, me voy mañana.

*El autor nos solicita aclarar que su texto es ficción, total o parcial.


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