Del mundo corporativo al mundo del emprendimiento

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Por Melissa Quirós

Entendí que tomar la decisión de salir de un lugar o situación siempre va a ser sinónimo de expansión, de aventura y de mucho autodescubrimiento. 

El clóset del cual salí era uno en el que siempre había querido estar, mejor dicho: era el clóset de mis sueños. 

Toda mi vida había anhelado tener una carrera exitosa en el mundo corporativo. El gafete con el nombre y el puesto, los seminarios y cursos intensivos increíbles, el pantalón de vestir con el par de tacones, las reuniones que pudieron ser correos, convertirme en una experta en Power Point y en gráficos de Excel con proyecciones como sacadas de una bola de cristal, las reuniones motivacionacionales donde jurábamos haber renacido, y la estabilidad y comodidad de tener un futuro “asegurado”. 

A mis 27 años podía decir con plena seguridad que estaba viviendo ese sueño en una de las compañías más influyentes y poderosas del país y de la región. Lo estaba logrando. Tenía el puesto y tenía la proyección. Todo iba de acuerdo al plan, a mi business plan. 

Sin embargo, algo dentro de mi despertó. En ese momento no sabía desde qué lugar comenzaron a venir autocuestionamientos; hoy sé que fue desde la intuición y desde esa voz interna que me hacía preguntarme: ¿Estoy donde tengo que estar? ¿Cada día que pasa, estoy haciendo algo realmente con significado según mi propósito en este mundo? Un poco existencial, pero al fin y al cabo, para eso estamos en este mundo, ¿cierto? 

Era el 2017 y ya habían pasado algunos meses desde que las preguntas sobre las decisiones que debía tomar para mi vida habían comenzaron a ser parte de mi rutina diaria. En eso, llegó un inesperado aha moment (así, en idioma marketero). Recursos Humanos había organizado una reunión para prepararnos para los retos del 2020 y se inspiraron en la temática de las cumbres, siendo el 2020 el Everest. Invitaron, como parte de los conferencistas a la primera mujer centroamericana en subir esta montaña, Andrea Cardona. En la charla nos contó que si ella no hubiera aceptado un nuevo trabajo en una pequeña agencia de aventura, soltando así el súper trabajo que ya tenía en ese momento en una cadena emblemática de hoteles a nivel mundial, no hubiera llegado al proceso de subir el Everest. Sobra decir esta oportunidad impactó su vida de maneras increíbles. Mi Everest tenía otra forma pero lo vi claro en ese momento. 

Lo que se suponía que decía ser una sesión de motivación máxima para alcanzar cuanto objetivo corporativo se me pusiera en frente, terminó siendo la motivación para que, 24 horas después, en medio de un llanto nivel-ruptura-de-noviazgo imposible de consolar, estuviera poniendo mi carta de renuncia. 

Conscientemente, no lo sabía en este momento, pero luego entendí que tomar la decisión de salir de un lugar o situación siempre va a ser sinónimo de expansión, de aventura y de mucho autodescubrimiento. 

Los meses después, sin hablar de la calentura de 40 grados que tuve la semana después de haber dejado oficialmente el puesto cuando mi cuerpo físico se enteró de lo que estaba pasando, requirieron un trabajo mental fuerte, muy fuerte. De la noche a la mañana todo aquello que me definía y que era, ya no era parte de mí. Y entonces, ¿quién soy? ¿Dónde quedó mi identidad? Me sentí huérfana en mi propio cuerpo. Fue entonces cuando comencé un camino en el cual, desde la vulnerabilidad, empecé a escribir una nueva historia, y como le digo a mis amigos, comenzar a vivir nuevos sueños. ¿Quién dice que nuestros sueños son estáticos? 

El tiempo pasó y me comencé a ambientar. En esta parte del proceso, no me sentí saliendo del clóset, me sentí como un animal en cautiverio saliendo de una jaula: Al principio completamente desorientada e intimidada, pero poco a poco encontrándome con mi nueva yo. Una yo más alineada al propósito de vida que en este momento, y hoy en día, quiero para mi vida. 

Para mi sorpresa, en su momento mi decisión, lejos de ser juzgada, fue aplaudida por amigos y compañeros. Esto es importante no por que me importe lo que piensen los demás, si no por lo que esa auténtica alegría ajena refleja: La necesidad natural que tenemos de constantemente estar retando nuestra realidad si de buscar nuestra felicidad se trata, y que aunque este proceso sea incómodo, lo vale al 100%. Una amiga, el propio día que renuncié me dijo: “Meme, ¡qué valiente!”. Y sí, seguir nuestra intuición requiere mucha valentía. 

Después de estos años, cuando pienso en este proceso, pienso en una palabra: Libertad. La libertad de estar donde queramos estar. La libertad de escoger el lugar desde donde podamos ser nuestra más auténtica versión. La libertad de vivir siendo fiel a esa huella que queramos dejar, pero más importante aún: La libertad de estar donde seamos felices. No siempre tenemos esta libertad, pero en caso de que sea así, hay que honrarla. 

John Lennon siempre hablaba de dos fuerzas principales en esta vida: El miedo y el amor. Independiente del closét del cual quiera salir en el futuro, tengo claro que el amor va a ser el motor de mi decisión, sobre cualquier otra consideración.

Presten atención a las señales que están ahí afuera, en la cotidianidad, en las conversaciones que tienen todos los días, en lo que leen o escuchan, que a mí una mujer escaladora me hizo la invitación, sin saberlo, de abrir la puerta y salir del clóset.


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