​​Mandarse, un 2 de octubre de 1992 (y siempre)

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Por Marianella Cordero
@marianellacorde

¿No fue tan terrible tirarme al agua? No, y después de ese salto al vacío he dado otros, seguramente animada por esa bonita experiencia.

A la vuelta de 30 años, estoy segura de que fue pura inocencia, ¡el candor y la ingenuidad del “de por sí, quiero decirlo y ya”!

Así de simple, una adolescente tardía –creo que todavía con dientes de leche– se animó a contarle en una carta a su amigo de recreos y de caminatas post colegio que… bueno, que le gustaba un montón, y que le hacía los días más lindos.

No recuerdo si lo escribí a mano o en WordPerfect. Sé que un día se me antojó contárselo, aún sabiendo que no iba a terminar en nada parecido a un noviazgo, ni a darse la mano ni mucho menos un besito.

Algunas personas no tenemos ese chip de la prudencia, inclusive si en nuestros primeros años somos tímidos. Yo, en ese momento, lo que sentía era una alegría desbordante que no tenía con quién más compartir que con él. Si nos llevábamos tan bien, y nos caíamos tan bien, ¿por qué no iba a mandarme a decirle que me gustaba? Con la distancia de los años, puedo asegurar que eso no era enamoramiento, era una afinidad tan sincera que no había encontrado antes, y a la par de eso, pues ¡el mocoso no era nada feo!

Yo sabía que yo no era ni la más simpática, ni la más linda –siempre he pensado que yo en vez de gustar, hago gracia– pero igual me mandé. Un 2 de octubre me mandé, le di un papel con todo el cuento largo y tendido. No decía nada especialmente romántico, pero eso era una declaración. Para 1992, eso era una declaración.

Recuerdo el susto en la panza, la taquicardia después de dejarle el gran mensaje. Mi único temor no era el rechazo, de verdad el miedo más grande era que se enojara y no quisiera ser mi amigo nunca más.

Es probable que entre las palabras que yo elegí para decirle cómo me sentía, no usara nada comprometedor ni amenazante. Fue eso, una declaración sin grandes expectativas. Como si fuera que todas las mariposas que sentía me estorbaran y solo quisiera soltarlas.

¿Y qué pasó? Tengo guardada esa respuesta. Se sentó a responderme, ¡me contestó! Me escribió de vuelta una carta (escrita a mano, en hoja rayada), y con la buena pluma que hasta hoy lo caracteriza –parte de lo que me gustaba de él– me dijo que estaba sorprendido y que consideraba que yo era una valiente, que hacer eso que yo había hecho requería mucho valor, y que eso le parecía genial. No me tenía que elogiar por atributos que no tenía: me elogió por mi hemorragia de sinceridad. Y sí, coincidió en que qué chiva nos llevábamos, que qué tuanis era tener alguien con quién hablar de lo que fuera, meterse en los charcos cada aguacero y hablar paja hasta la parada de bus.

Y bueno, la quinceañera no se sintió mal. Gracias a que él supo ser amable, honesto y maduro para recibir con cariño semejante declaración, no me sentí ni tonta, ni ridícula por haber dicho “me gustás un montón”. No solo seguimos siendo amigos, sino que creo que eso me preparó para entender que en la vida hay muchas maneras de quererse, muchos niveles de gustarse.

Hasta la fecha, seguimos amigos. Conocí algunas de sus parejas después, y él algunas mías. Hoy somos amigos a larguísima distancia, y siempre sigo viendo en él a ese muchacho guapo, talentosísimo con el que sé que podría conversar horas y horas tanto hoy como en 1992.

Entonces, ¿no fue tan terrible tirarme al agua? No, y después de ese salto al vacío he dado otros, seguramente animada por esa bonita experiencia.

Bastantes años después, sentada en mi escritorio de redactora de una revista me dije “pucha, qué bonito sería trabajar en tele”. Agarré, me animé, le mandé un correo electrónico al flaco –sí, a ese– y le dije que, si alguna vez pensaba que necesitaría una periodista, me llamara.

No me llamó al día siguiente, ni al mes siguiente, pero tampoco pasó mucho tiempo y sí me llamó. Y sí me contrataron.

También me mandé cuando la Dante abrió concurso para una beca de un mes en Italia. Aquella carta mía para concursar por la beca, estoy segura, convencería al mismísimo Berlusconi de que a esa muchacha había que darle una beca. Y me la gané, y fui.

También cuando en Viña del Mar, junto con Humberto Vargas y Walter Flores nos metimos colados a una conferencia de prensa de Joan Manuel Serrat. Así no más, entramos los tres. Saludamos, preguntamos y salimos contentos los tres.

Ahora con 44 años, me doy cuenta de que la vida me suele invitar a salirme del closet, echarme al agua, mandarme a lo bestia: casi siempre ha valido la pena, inclusive si parece algo descabellado.

Inscrita en la maratón de París, me dijo una amiga “Nela, ¿cuánto le dan al que llega de primero?”, le contesté “50 mil euros”. “¡Huy… ganátelos!”, me dijo.

Por supuesto que le respondí “Ay no, Chini, eso está muy difícil”.

Y su respuesta es la que todos los mandados del mundo necesitamos como empujón:

“Sí, pero ¿qué tal si lo intentás?”

Al final de eso se trataba. Intentar. No perdí nada, nunca, nunca, nunca, el mandarme a lo bestia ha significado una pérdida. Nunca.

Tirar la pedrada a la Luna, y por lo menos apearse una estrella. Por ahí va la cosa.


Periodista y maratonista. Si corriera tan rápido como habla, sería olímpica. Trabaja para Cabletica-Movistar. Nunca desconectada. Le gusta Twitter, los desayunos, y hacerle preguntas raras a Alexa


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