El duelo de una mascota

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Por Esther Pomareda G.
@estherpomareda

Creo que lo que te hace sobrellevar la pérdida de estos peludos son varios factores: el tiempo que pudiste compartir con ellos, su causa y forma de muerte…

Quien nunca ha tenido una mascota, ya sea un gato, un perro, un caballo, o incluso hasta una vaca, entre otro animal doméstico; no tiene ni idea del sentimiento que puede llegar a generar su pérdida. La forma en que lo enfrentemos y cuánto dure creo que va a depender de muchos factores, qué tan apegado era a vos y la calidad de vida que le diste, cómo fue su pérdida, qué culpabilidad podés sentir sobre esa pérdida, entre otros.

Desde pequeña en casa siempre existió un peludo de cuatro patas que ladraba. Mis padres pensaron que un perro era una linda mascota para sus hijos, en el momento de adoptarla o decidir comprarla, creo que nunca pensamos en ese gran vacío que pueden llegar a dejar cuando parten, incluso para ellos mismos.

Cuando era pequeña, me gustaba jugar con los perros en casa, Pelu fue nuestra primera perra apenas llegamos a Costa Rica, mis papás contaban que la recogieron de la calle. Ella se identificaba más con mi hermana, era su perra, tal vez porque mi hermana era mayor. Era muy inteligente, se sentaba a la mesa con nosotros a comer. Pelu murió de viejita pero de un cáncer, luego entendí la importancia de castrar o que tuviera un parto. Junto con ella, a los años llegó Tony que, si bien lo habíamos comprado para regalárselo a mis abuelos que tenían esa raza Fox Terrier, terminé yo llorando para que se quedara en la casa. Yo tenía apenas 12 años cuando Pelu y Tony murieron; fue muy triste perderlos, pero no generaron un vacío muy grande, tal vez porque yo aún era pequeña, y teníamos también otro perro ya en casa.

Este perro era Tequila, un labrador blanco, todo un caballero. Me gusta mucho esa raza, pero no queríamos comprar, y un día mi papá apareció con dos bodoques blancos traídos desde Perú, hijos de la perra de mi tío. Moría por esta raza, había visto que eran hermosos, nobles, cariñosos… y desde ese día hasta la fecha por más de 15 años hemos tenido esa raza, y más de seis generaciones, siendo todos familia, hijos, medios hermanos, nietos. En la finca también teníamos otros perros, rescatados, adoptados, entrecruzados, cariñosos, pero eran de la finca, donde íbamos de paseo una vez al mes, y el apego era poco, claro cuando morían o algo les pasaba, nos dolía.

Un día de octubre, para mi cumpleaños, mi hermana me dijo: “tené tu regalo de cumpleaños, sé que siempre has querido un labrador negro, andá y buscá, para que tengás tu perro”. Y fue así como llegó Laika… mi primera perra, con la cual me logré identificar y por la que creo que he tenido mi primer duelo profundo. Es difícil afrontar estos momentos, no es fácil, menos cuando la muerte se da súbitamente con un animal joven.

Era una labradora negra, recuerdo que, para llegar a ella busqué mucho y, finalmente, llegué a una casa humilde donde estaban todos los cachorros, y ella fue la primera que se metió entre las piernas. “Ella es”, pensé. Estuvo en mi etapa de la universidad, por lo que absorbió mi espíritu aventurero; me acompañaba a todo lado, íbamos de paseo hasta a la universidad, recuerdo que solo le decía “vamos” y empezaba a dar vueltas alrededor del carro, ansiosa por subirse en el asiento de atrás, contenta sin saber a donde íbamos. Era de color negro azabache; en las noches en la oscuridad del cuarto solo podía ver sus ojos brillantes.

Laika murió de un infartó a medio día, en un día soleado. Siempre que yo terminaba de almorzar me ponía a jugar con ella en el jardín de la casa y, ese día, cuando la llamé… simplemente dio un suspiro y se quedó dormida para siempre. Yo no lo podía creer y me quedé abrazada casi dos horas con ella; no entendía, ni aún entiendo por qué murió. Era una perra sana, comía bien, hacía suficiente ejercicio. Empecé a investigar y me dijeron que los labradores sufren del corazón, si es que eran perros sedentarios y obsesos, por lo que menos entendía. Es difícil afrontar estos momentos, porque una muerte súbita no la entendés, pero lo que fue calmando mi tristeza y ese vacío, fue saber que el tiempo que estuvo conmigo fue muy feliz, y se le notaba en su forma de ser. Fueron solo tres años, pero parecen una eternidad, habíamos logrado conectar mucho. De Laika quedaron sus hijos, quienes vivían conmigo en la finca una vez que me mudé al campo, y eso también me daba más paz, que un poco de ella aún estaba conmigo.

A partir de Tequila y Laika llegaron muchas mascotas, que si bien eran “mías”, al final eran de todos, compartían con cada persona de la familia, pero siempre muy pegados a mí porque vivían conmigo. Peludos blancos, negros, todos ellos machos. Para este momento Tequi ya estaba mayor, y yo sentía que era momento de tener otra perra, hembra; habían pasado más de tres años, y sentía estar preparada para ello. Fue cuando llegó Kalú, una labradora chocolate; duré muchos meses en encontrarla, hasta que finalmente, al otro lado del país, apareció; y fue un momento de amor a primera vista; ella estaba en un rinconcito y, cuando entré, solo se me quedó viendo, y nuevamente pensé: “es ella”. La muerte de Tequi, fue muy dura y difícil en el momento, porque tuvimos que decidir que debía descansar; estaba sufriendo mucho, y fue a mí a quien me tocó dormirlo, pero a pesar de ello, el dolor días después fue calmándose, porque sabía que era lo mejor, y que él ya estaba tranquilo descansando; nos había dado muchos momentos lindos.

Kalú era una perra grande, fuerte, y conforme fue creciendo se hizo muy protectora. Ya vivíamos en la finca, siempre que podíamos nos íbamos de paseo, adoraba el mar, no era tan hiperactiva como Laika, tenía un carácter muy distinto, pero estuvo conmigo en tantos momentos, compartimos muchas cosas, y ella siempre estaba pendiente de mí. Yo no me daba cuenta, pero ella siempre me estaba viéndome, cuidándome. Con mi familia tuve momentos difíciles, porque se volvió tan protectora, que cuando salíamos a pasear a la gente le daba miedo, no quería a otros perros que nos encontrábamos, ni siquiera otros que se adoptaban en la finca; pero con las personas era un amor; hubo quienes me insistieron en que la regalara. Para mí fue muy difícil, pero conforme fueron pasando los años, yo la iba entendiendo y ella se iba calmando; ya nos habíamos acoplado tan bien y yo sabía como manejarla.

Mi sorpresa fue cuando llegó Yuma, una pastora australiana que me regaló mi novio, cuando me dijo que me iba a regalar una perrita, pensé que era imposible, que Kalú la podía matar, pero teníamos que intentar y ver como se comportaban. Fue sorprendente ver como Kalú adoptó a Yuma, era como su madre, dejaba que le hiciera de todo, le jalaba las orejas, mordía la cola, se acurrucaba a ella para dormir; definitivamente entendía que Yuma me iba a cuidar cuando ella ya no estuviera.  Kalú estuvo más de 10 años conmigo, tuvo varias crías, y uno de ellos color chocolate, es Urqu que aún vive conmigo; ya tiene 7 años y es como su mamá, siempre pendiente de mí.

La muerte de Kalú fue muy extraña, y considero que es por ello que llevar su duelo ha sido muy duro. Ya tengo más de año y medio sin ella, y cuando pienso en ese día se me hace un hueco muy grande en el corazón. Yo venía saliendo de trabajar y el cuidador de la finca me llamó y me dijo que Kalú tuvo un accidente. Se me vino el mundo al suelo; llegué en 10 minutos donde ella; supuestamente las fracturas en varias partes eran porque la habían golpeado las vacas. Ella no lloraba, solo me miraba y me decía con los ojos, “¿todo va a estar bien, verdad?” Con tremendas fracturas no entiendo cómo no lloraba del dolor; los doctores me decían que eran complicadas, por su edad y tamaño, que la recuperación después de la cirugía iba a ser muy dura para ambas, pero que podíamos intentarlo. Me costó mucho decidir, pero su ánimo en ese momento me alentó a decidir que lo intentáramos. Kalú se quedó dormida para siempre cuando entró al quirófano. Los doctores no habían iniciado cirugía, cuando ella dejó de respirar. Ella había dejado la batalla, dejándome a mí sola, con un sentimiento inexplicable, con muchos cuestionamientos.

Decidí cremarla y enterrarla cerca a nuestro lugar especial, donde siempre veíamos el atardecer al lado de un lago, nuestro rinconcito de paz; sembré mi árbol favorito, un cortez negro junto con sus cenizas.

Hoy después de tantos meses que no está, sigo con la duda, qué fue lo que realmente pasó, cómo llegó a tener tantas fracturas, porque la historia del peón no me la creo… y eso es lo que ha hecho que mi duelo sea tan difícil. Si bien he aceptado su pérdida y tengo otros peludos que me acompañan noche y día, la forma de ser de cada uno de ellos es muy distinta, y jamás será la misma conexión que yo tenía con Kalú, pero me han ayudado a llevar los días. Hace un par de meses sentí que podía dar un paso y darle la oportunidad a otra peluda de que me diera amor y yo darle a ella, y empecé a buscar algún labrador rescatado, pero no tuve suerte. Un día me llamó una señora, sin que supiera que yo estaba buscando adoptar y me dijo: “Esther, aquí tengo a una labradora chocolate a la que abandonaron en un río”. Sin haber visto su foto, no dudé ni un segundo en decir que la aceptaba; así llegó Atyi a mí, de 5 años.

Creo que lo que te hace sobrellevar la pérdida de estos peludos son varios factores, es el tiempo que pudiste compartir con ellos, su causa y forma de muerte, y si tenés otros peludos relacionados a esa mascota que perdiste u otros con los que conectás y simplemente te acompañan. Muchas veces las personas piensan que, adquiriendo otro perro, el duelo se va a ir, que esa nueva mascota va a llenar ese vacío, pero realmente es muy difícil aceptar tener otra mascota, porque uno quisiera que fuera como el que partió.

Lo cierto es que cada una de nuestras mascotas complementan tu forma de ser, y llevar la vida que tenés; hay que aceptar realidad, afrontar momentos duros, tomar decisiones difíciles. Creo que tenemos que darnos y darles oportunidad a muchos de estos animales que pueden llegar a ser nuestras mascotas. Hoy Urqu, Yuma y Atiy me acompañan, me cuidan y me dan esos momentos especiales.


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