Aquí hay alguien más… o algo más

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Por Nany Vindas
@nanyvindas

Después de escuchar la puerta agitándose violentamente la abrí la para comprobar que no había nadie, ni nada visible golpeándola…

Cuando estaba pequeña no me gustaba mucho estar sola, pero muchas veces estar sola era el escenario más común. Era la nieta mayor por parte de mi mamá, y la nieta mayor del segundo matrimonio de mis abuelos paternos; es decir: fui la primogénita en todos mis núcleos familiares y no tenía primos de mi edad con quienes pudiera jugar o compartir mucho.

Para mí lo normal era comer sola, jugar sola, encerrarme sola a acomodar mis cosas en el cuarto y hablar sola. Sin embargo poco a poco hubo algunos incidentes que me hicieron preguntarme, ¿estaba realmente sola? Quiero pensar que sí y, si le preguntan a mi mamá ella probablemente asegure que sí era así.

Sin embargo… ¿por qué me daba tanto miedo hablarles a mis muñecas, jugar a la casita y seguir aquella dinámica sola? Tal vez porque fue desde entonces en que me di cuenta que en esa casa, (la misma donde siguen viviendo mis papás), la atmósfera a veces se sentía un poco abarrotada por algo más…

¿Y si le subimos el volumen?

Dormir en silencio nunca fue una opción. Necesitaba siempre la cajita de música, seguida por mi primer radio que perduró conmigo unos cuantos años, hasta que por fin tuve mi primer televisor dentro del cuarto. Sin importar lo que fuera, necesitaba dormir con cualquier sonido que disimulara aquel silencio que frecuentemente era interrumpido por un susurro, un golpe en la puerta o un estruendo de botellas quebrándose, aunque no hubiese ni botellas caídas ni vidrios que limpiar.

¿Por qué solo yo hacía preguntas en la mañana de qué había sido aquel escándalo nocturno? ¿Por qué nadie más dormía con tanto ruido dentro del cuarto? Mis preguntas me acompañaron hasta la adolescencia, cuando aprendí que eran incómodas y poco bienvenidas, así que, para disimular el miedo y mi inquietud y tener un poco de paz, me gustaba subir el volumen a todo lo que tuviera cerca. Pero, ¿y si me llama mi mamá y no la escucho?… ¿Y si esa voz llamándote por el nombre que nunca nadie te llama en tu casa, tu nombre de pila, tu nombre de nacimiento que por alguna razón nunca nadie usa llegara a sonar a través de la puerta cuando todos duermen?… Entonces, creo que mejor subimos el volumen un poco más alto, porque esa voz, llamándome por la puerta, no es mi mamá.

La primera vez que la escuché tenía entre 23 y 25 años; recuerdo perfectamente esa noche. Ese sábado regresaba a mi casa después de salir con mis amigos. Entré por el garaje apagando una por una las luces, cerrré las puertas de la parte de atrás de la casa y, por último, avisé, levantando la voz, que ya había llegado y que iba a poner la alarma.

Esa noche la luz del televisor del cuarto de mis papás estaba encendida. Cuando avisé que había llegado y abrí la puerta para dar las buenas noches noté que mi mamá ya estaba dormida; mi papá me indicó con un gesto que no hablara muy duro y que cerrara la puerta con cuidado. Salí del cuarto, cerré la puerta despacio, puse la alarma y me fui directo al baño para poder lavarme la cara y los dientes.

Fue entonces que, mientras caía el agua del tubo y me cepillaba los dientes mi mamá me llamó desde el otro lado del pasillo. “Naaaancyyyyyy…” largo, sin ninguna entonación y usando por primera vez en mucho tiempo mi nombre de pila… “Ya voy ma’”, le respondí, mientras terminaba de enjugarme la boca y secarme la cara. Una vez más: “Naaaaaancyyyyy” con el mismo tono. Salí rápido y sin mucho cuidado porque ya no había riesgo de despertar a mi mamá que me estaba llamando, abrí rápido la puerta del cuarto para encontrarme nuevamente a mi mamá dormida en la misma posición fetal y mi papá con un gesto molesto diciendo nuevamente entre susurros “Shhhhhh va a despertar a su mamá… ¿que quiere?”

Justo en el límite entre la nuca y la espalda sentí cómo se me erizaba la piel y el corazón se me salía del pecho. En tan solo tres pasos llegué a mi cuarto, y sin cambiarme la ropa ni quitarme los zapatos cerré con llave, encendí el televisor y, como muchas otras noches, subí el volumen y en posición fetal recé el Padre Nuestro y lloraba para que no me volvieran a llamar.

¿Vos también lo notaste?

Amigos, parejas y colegas de trabajo estuvieron conmigo en varios momentos donde las preguntas siempre empezaban con “¿vos también notaste eso?” y era yo quien tenía que responder la misma pregunta que nunca nadie me ha querido contestar a mí. “Pues sí, yo también lo escuché, lo vi o lo sentí, pero no le haga caso; eso nosotros aquí en esta casa mejor lo ignoramos”.

Una tarde dos amigos llegaron a visitarme mientras regresaban mis papás de hacer compras en el súper. Después de un rato hablando en el cuarto nos fuimos a la cocina por algo de comer y seguir la conversación, solo que esta vez “algo” más quiso ser parte del grupo y fue como aquel día los tres vimos como las gavetas de la cocina se abrieron casi súbitamente, con una de ellas cerca de golpear a mi amigo que estaba terminando de lavar los vasos que usamos. “¿Qué fue eso?” fue lo único que pudieron preguntar, antes de que la lógica empezara a desvanecer cualquier teoría. No pasó mucho tiempo para que me estuviera despidiendo de mis amigos, quienes evidentemente prefirieron salir de ahí antes de que anocheciera.

En otra ocasión organizamos la fiesta navideña del trabajo en la casa. Vinieron varios compañeros con quienes yo trabajaba. En medio de la conversación y la música, hubo un incidente extraño que provenía de la bodega al final de la terraza. La puerta, que estaba cerrada, se agitó una y otra vez, como si algo la estuviera empujándola desde adentro. Me preguntaron de qué tamaño era el perro que estaba encerrado ahí detrás, pues se escuchaba un golpeteo bastante fuerte. Chewy, nuestro perrito maltés estaba durmiendo en otra parte de la casa.

Una de mis compañeras presentes, quien había escuchado muchas veces mis historias historias de los incidentes misteriosos de la casa fue la primera en entender qué estaba pasando y rompió el silencio. Abrí la puerta para comprobar que no había nadie, ni nada visible golpeando la puerta. La fiesta llegó a su fin mucho antes de lo que hubiéramos pensado.

Salir corriendo de mi casa parecía ser el plan perfecto de cualquier otra persona que viviera alguna experiencia de estas, que resultan difíciles de explicar. Mudarme a mi nueva casa se convirtió en una meta personal urgente cuando la voz que imitaba a mi mamá llamándome se hizo tan frecuente que yo podía diferenciarla y decidir ignorarla sin sentirme tan asustada.

Ya tengo más de dos años de haberme mudado a mi nueva casa y todavía evito a toda costa quedarme sola al ir a la casa de mis papás. Prefiero visitar e irme cuando no me siento tranquila, sin embago, la idea de que iba a poder estar finalmente sola en mi nueva casa no duró mucho tiempo…

Recientemente, en la grabación en video de una clase que estoy llevando, vi algo que me sorprendió. El video en el que se ve mi participación en la clase, desde la sala de mi casa, muesta algo difícil de pasar por algo. Justo en el reflejo de la ventana del balcón se logra apreciar cómo “algo” decide hacer una pequeña aparición pasando detrás de mí, entrando por la pared a mi derecha y avanzando hasta atravesar la puerta que lleva a la cocina y desaparecer. No había nadie conmigo esa noche, pero evidentemente tampoco estaba sola.

Este video sirve como prueba de uno de varios capítulos extraños de situaciones que, al parecer, me acompañan desde mi nueva casa. Por lo menos ahora, cuando me preguntan sobre las cosas extrañas que he visto, puedo enseñar el video y recibir una respuesta muy diferente a la de antes cuando pregunto ¿vos también lo notaste?


Nany es Educadora de profesión y decidió combinar su pasión por la enseñanza y los negocios ejerciendo como Training Manager en empresas transnacionales desde el 2012. Recién descubrió su amor por los perros después de superar años de fobia y es la mamá perruna de Chewy y Charles


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