Sin visa en algún lado con muchos Lada

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Por Irene Fariña
@irefari

“Estamos por aterrizar en el aeropuerto Letisko, Bratislava”. Adormecida, me pareció oir mal, ¿cómo Bratislava?

Era por ahí del 2004, y yo me sentía muy independiente y aventurera en mi primer viaje a Europa sola por un mes, yendo de país en país a visitar amigos. Desde que empezó el viaje me sentí bastante “en control”, viajera experimentadilla, explorando ir de un lado a otro de la Unión Europea aprovechando además los vuelos baratos de las recién lanzadas Ryan Air, Easy Jet y otras aerolíneas de bajo costo, que eran lo más parecido a un bus de Sabana-Cementerio pero en el aire.

Estaba terminando mi visita en Amsterdam y me dirigía donde una pariente a Viena. Muy enterada me metí a una de las antes mencionadas aerolíneas, busqué Viena y clic: me compré un pasaje. Me fui al aeropuerto de Schipoll y llamé a mi tía del teléfono público (sí, porque era la época en que solo los ejecutivos en Wall Street tenían roaming). Necesitaba avisarle a qué hora llegaba, para que me recogiera.

Sin embargo, al revisar el pasaje noté que decía algo medio raro en el destino: Viena-Bratislava. Al comentarle este detalle a mi tía, ella me dijo: “ah, no te preocupés es que Bratislava es una ciudad relativamente cerca de Vienna y es más barato aterrizar aquí, entonces con frecuencia la gente llega a Viena, que es un aeropuerto más grande, y se van por tierra a Eslovaquia. Como llegás tarde te voy a pedir un taxi que te vaya a recoger al aeropuerto y te traiga a la casa”. Listo; entonces procedí a abordar muy campante, en el gate nadie me pidió nada, ni revisaron mi pasaporte, solo nos pasaron prácticamente con un “caminando, háganme la doble filita, y colaboren”, pero en holandés.

Acomodada en mi asiento me dispuse a dormir plácidamente por 1.44 horas hasta Viena.

Me despertó de repente el comunicado en el alto-parlante del avión: “estamos por aterrizar en el aeropuerto Letisko, Bratislava”. Adormecida, me pareció oir mal, ¿cómo Bratislava? Me asomo por la ventana y desde el aire pude leer en grandes letras BRATISLAVA (al estilo San “José Vive”, mucho antes de que Johnny Araya las pusiera). 

¡¡¡Guaaattt!!! ¡¡Ahhhh!! Me restregué los ojos y seguí deseando que aquello fuera un error.

Aterrizamos; me bajé desorientada y, estando en aeropuerto con aires soviéticos, me sentí como en un túnel del tiempo que me llevaba a una novela de la Guerra Fría. Y en aquella fila yo seguía preguntando: “excuse me, where are we?” La gente me volvía a ver como si estuviera loca y respondía: “Bratislava”. Yo decía: “Debe haber un error, es que yo iba para Viena”.

“¿Cómo no sabe para dónde va?”, me preguntó una de las personas a las que me les acerqué asustada.

Eran pasadas la 1:00 a.m. cuando me tocó el turno en Migración, el soldado que me atendió también me transportó a los tiempos de la Perestroika cuando me pidió el pasaporte. Se lo di, y después de pasar y pasar las páginas de mi pasaporte como buscando algo, me preguntó cómo y por dónde había ingresado a la Unión Europea. A todo esto yo no tenía idea alguna de que, en ese momento, al no ser Eslovaquia parte de la UE, necesitaba visa. El oficial me veía de arriba a abajo hasta que me hizo seña de “pase”.

Al salir de ahí, lo único que acaté fue a buscar un teléfono público para llamar a la casa de mi tía a avisar que estaba en el destino incorrecto. Cuál fue mi sorpresa que, donde traté de meterle euros, el teléfono no los recibía. Iba por todo el aeropuerto tratando de cambiar dinero, pero todas las tiendas estaban cerradas y no había donde pedir ayuda.

Alguien me señaló entonces que tal vez en los alrededores, existiera alguna casa de cambio abierta. Así las cosas, salí del aeropuerto jalando mi pequeña valija carry-on, con algo de hambre (ya que las aerolínes baratas no se distinguen por su generosidad ni atención culinaria al pasajero). Los alrededores eran como si saliera del Juan Santamaría, pero bien oscuro, sin nada a la vista a la redonda.

Caminé y caminé hasta la carretera; Bratislava se veía lúgubre, al menos por ese lado y por el otro, Ladas. Lada era como “la” marca de carros ahí, había por todo lado. En eso vi pasar un bus con un gran rótulo: VIENNA. Pensé: esta es mi única esperanza de salir de aquí. Con los brazos le hice mil señas hasta que paró, me monté jadeando y le dije al chofer: “me, Vienna”, mientras me señalaba a mí misma. El bus por dicha recibía euros, así que respiré aliviada y, como mujer viajando sola, busqué el asiento que me resultara menos intimidante, a la par de una señora de buena apariencia.

No tenía idea de cómo iba a llegar donde mi tía, pero al menos iba a empezar por llegar a la ciudad correcta. Una hora después estaba llegando a una oscura parada de bus en Viena. El bus paró, y el chofer hizo señas de que era la última parada, en un lugar que parecía la zona de la Coca Cola en Chepe Centro. Me bajé con la valijilla, llovía y estaba todo el lugar cerrado. En media calle lo único que quería era llorar. Por suerte la señora a mi lado, que tenía un celular, me dijo en inglés: “voy a llamar un taxi para mí y uno para usted; no es seguro que se quede acá”.  Esa señora fue un angel realmente.

Entré al taxi y respiré de nuevo; un obstáculo menos, pensé… pero aún faltaba. Me monté en el taxi, casi a las 3:00 a.m. estaba tan cansada pero olvidé que no hablo alemán y ¿cómo me comunicaba? A esa hora ni siquiera encontraba el papel con la dirección de mi tía; por suerte había estado ahí antes en ese mismo viaje y solamente recordaba el lugar “Danube Golf Club”. Y bueno, eso dije y el taxista entendió. Al llegar al lugar, un barrio, lo único que logré era decirle “ia, ia”con la mano para guiar al taxista a la casa. No me pregunten cómo: logré milagrosamente encontrar la casa. Al tocar el timbre ya eran las 5:00 a.m., y aquel encuentro fue como de película: yo corría con los brazos abiertos, mi tía también… ¡qué aventura!

Mi tía cuenta que, cuando llamó a pedir el taxi, la despachadora le dijo: “señora, no hay ningún vuelo desde Amsterdam a esa hora”… y así ella supo, mucho antes que yo, que yo estaba perdida, pero no me podía avisar. Entró en pánico porque sabía que me iban a pedir visa y pensó que me iban a deportar. Sopesó si pedir ayuda en Naciones Unidas (donde ella trabajaba) para que me emitieran un salvoconducto para poder entrar y, mientras yo dormía en el avión antes de semejante aventura, ya estaban maquinando mi rescate… Afortunadamente no fue así, tampoco fui a dar a una cárcel eslovaca, y con los años, luego de ver la película Hostel (que se desarrolla ahí) lo que más agradecí fue no haberme ido a quedar a un hostal a esas horas.

Finalmente, luego pude ver Bratislava de día, pues aprendiendo el toque de que era más barato llegar o salir de ese aeropuerto, luego me fui de Viena en tren a Bratislava y de ahí a París… vi Ladas en muchos lados durante todo el trayecto.


Irene Fariña es comunicadora y especialista en responsabilidad social, fundadora de PhilanTropics. Pre-pandemia era viajera y una aventurera “sucedida” como, le decía siempre su abuelita. Por suerte todas las veces que se ha perdido, se ha vuelto a encontrar.


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