“Pecar y rezar”: sobre la culpa y la alimentación

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Por Adriana Gutiérrez
@adrigu31 @metamentalcr

Al crecer nos damos cuenta que el modelo de alimentación que predomina no se basa en placer y bienestar, ni en satisfacer una necesidad vital, sino en una constante negociación con la ansiedad, culpa y compensación.

Dieta detox, cetogénica, ayuno, quema grasa, clean eating, dieta de la limonada, de los 21 días…las conozco casi todas; y es que “¿cómo perder peso rápido en una semana?” fue la búsqueda más común en Google para mí durante mi adolescencia e inicios de la adultez.

Cada paseo a la playa e invitación a comer se volvía un motivo de culpa y de remordimiento. Constantemente intentaba calmar mi ansiedad buscando fotos y videos de comida, haciéndome recordar que no la merecía y que no me la había ganado porque “ser bonita duele.” He ahí una frase que me acompañó por muchos años.

Sabemos que la belleza se trata de una construcción social porque su definición varía entre regiones, culturas y sentires individuales; pero no, no hablamos de la belleza que encontramos en cualidades, valores y acciones de personas, sino en cómo se ven por fuera. Nos situamos en un contexto en el que la apariencia física pareciera lo único y más interesante que damos al mundo.

Las redes sociales y muchas figuras como influencers promocionan productos mágicos, procedimientos estéticos, dietas y ejercicios peligrosos que buscan alcanzar una belleza prototípica e idealizada. Esto y mucho más atraviesa profundamente la manera en que nos relacionamos con la comida y la alimentación, porque los estímulos en nuestro entornos son cambiantes. En la niñez comenzamos a conocer sabores y guardar memorias agradables sobre la comida, pero al crecer nos damos cuenta que el modelo de alimentación que predomina no se basa en placer y bienestar, ni en satisfacer una necesidad vital, sino en una constante negociación con la ansiedad, culpa y compensación.

Comemos con temor a subir peso, por lo que nos encontramos con clasificaciones de comida buena y mala. Asociamos algo tan natural como la palatabilidad de los alimentos con emociones y percepciones negativas. Sentimos culpa al comer un postre, porque es comida mala, porque estamos pecando. Rezar, entonces, se traduce en conductas compensatorias como hacer ejercicio exhaustivo, privarse de alimentos por los próximos días, sentir culpa, vomitar, contar calorías y muchas más.

La diet culture nos dice, entonces, que para comer algo rico y calórico debemos ganarlo, o que si tenemos un paseo a la playa debemos restringir la alimentación días antes para vernos bien, y que debemos limitar o evitar antojos porque la comida es adictiva.

No comprendo cómo algo tan vital que nos hace sobrevivir día a día debe verse como una adicción, como una enemiga. Pareciera ser que olvidan que la alimentación se ve atravesada por emociones, pensamientos y procesos biológicos vitales. Al comer, nuestro cerebro libera sustancias como dopamina, lo cual genera sensaciones de bienestar y placer que son necesarias para sobrevivir. En otras palabras, al tener reglas estrictas sobre la alimentación que conllevan a prácticas restrictivas, estamos atentando contra procesos que necesitamos para sobrevivir. Nos atacamos a nosotrxs mismxs.

Alimentarnos es un proceso atravesado por emociones en el que se da un ciclo de reforzamiento, ya que nuestras emociones influyen en nuestras conductas alimentarias, y dichas conductas modifican los estados de ánimo a su vez. En otras palabras, lo que comemos influye en la manera en que nos sentimos, y las emociones modulan lo que deseamos comer.

Sabemos que la ansiedad es una emoción completamente normal y necesaria para sobrevivir, pero que, en gran intensidad y prolongación en el tiempo, se torna desadaptativa y causa malestar. Dado que esta emoción se manifiesta a través de pensamientos cargados de una alta preocupación por el futuro, la alimentación puede verse afectada cuando se atraviesan estas condiciones emocionales. Diversos estudios afirman que cuando nos encontramos con mucha ansiedad tendemos a buscar alimentos de alta palatabilidad, especialmente aquellos con altos niveles de azúcar y grasas. También, la ansiedad nos puede hacer comer más o menos en el tiempo, promoviendo conductas alimentarias restrictivas o de sobrealimentación.

Para comprender aún más el papel de la ansiedad en la alimentación, hablemos sobre los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). Actualmente la psicología y psiquiatría identifican trece tipos de TCA, los cuales tienen un origen multifactorial. Sin embargo, se habla del papel de la ansiedad como una emoción predictora de estos trastornos y/o de conductas alimentarias desordenadas, y a su vez, como una emoción que las refuerza. Esto se debe a la hipótesis que considera que muchas conductas alimentarias representan una compulsión como resultado de pensamientos obsesivos en torno a la comida, peso e imagen. En otras palabras, ingerimos más o menos comida en función de lo que pensamos y sentimos.

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria van en aumento cada día, y cada vez se presentan en personas más jovenes, como niñas y niños. No solo se trata de bulimia y anorexia nerviosa, ni son trastornos que se dan en personas delgadas únicamente. Se dan en todos los cuerpos y formas, y en muchas ocasiones comienzan silenciosamente al camuflarse en pequeñas prácticas que normalizamos a diario, como cuando utilizamos el verbo “chanchear” para referirnos al acto de comer alimentos calóricos que nos gustan, o cuando se evitan salidas con amistades que involucran comer, o se deja de hacer ejercicio por salud y movimiento para hacerlo meramente por vanidad.

Cambiar nuestra relación con la comida depende de muchos factores. Uno de esos es lograr comprender que los cuerpos cambian inevitablemente, y que la vida muchas veces se nos va en una lucha contra ello. Siempre me dolerá recordar cuántos paseos a nadar y momentos bonitos me perdí por temor a comer frente a otras personas y que mi cuerpo cambiara, o las veces que rechacé comida deliciosa por sentir que no la merecía, y que realmente me iba a hacer muy feliz.

La comida es más que un combustible o una forma de nutrirnos. La comida también representa amor, amistad, arte, creatividad, recuerdos, cultura, celebración y placer.  Algo tan lindo y lleno de significados no se gana, ni se negocia, ni se compensa. Merecemos comer, disfrutar y agradecer, porque comer no es pecar.


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