Perro de mall

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Por Diego van der Laat
@diego.vanderlaat

 

”Una vez tuve un perro de mall. Lo compramos en un mall, digo”,decís.

Vamos a estar viendo por la ventana hacia la calle. Vas a decir:

“Esos que van ahí son mis vecinos”, mientras los señalás con la barbilla.

Luego vas a decir:

 “Son como la pareja perfecta, digo parecen, como esos novios que son novios desde hace veinte años,

¿sabés? Como esos novios de colegio. 

En todo caso, los dos trabajan, les va súper.Tienen un perro. Lo sacan a pasear”.

”Ese es el perro”, vas a decir, señalando con la barbilla. “Es un perro pequeño, peludo, chillón”. —

Vas a decirme: “¿Por qué alguien compraría eso en vez de adoptar a uno, a uno abandonado o de tres patas?”

“Eso no es un perro perro. No es un perro perro”, vas a decir dos veces, y además:

“Si uno compra un perro, uno se compra un perro, no eso”.  

Una vez tuviste un perro de mall. Eso vas a contarme.

 

”Una vez tuve un perro de mall. Lo compramos en un mall, digo”,decís. Luego continuás:

“Creció en una jaula en una tienda de mascotas. Ahí pasó su primera infancia. En las noches dormía en su jaula. ¿Podés imaginarte todo el mall con las luces apagadas? ¿El aire acondicionado en off? ¿Las puertas cerradas? ¿Las alarmas puestas? ¿El olor de las semillas de girasol del alimento de los pericos dormidos? ¿El olor a pecera de las peceras, su luz débil apenas iluminando las profundidades bajas del agua clorada? ¿El motor minúsculo de las bombas de aire, recirculando el aire del agua estancada?  ¿El olor del aserrín de los hámsters? ¿El olor a sudor de los hámsters? ¡El ruido de sus ruedas, porque ellos no duermen, son nocturnos: salen a correr de noche, en sus ruedas estacionarias!”.

 

Pero tu perro. Vas a volver a él:

 “Era un perro raro. Un perro de mall. Eso tiene que afectar en algo, digo… tenía un ojo que veía hacia un lado y el otro hacia el otro, no era bizco, era más bien lo otro, como un perro con estrabismo. Recordaba un poco a un camaleón viendo con cada ojo al mismo tiempo en direcciones contrarias. Dicen que David Bowie era como un camaleón”. Luego hacés silencio y redireccionás tu pensamiento. Volvés al tema:

”Era muy violento. Mi perro, digo”. Vas a decirme: “A la semana le mordió la cara a mi hermanita menor”.

Tenía 6 meses tu hermanita.

Luego vas a decir: ”Le jaló la cola. Nadie la tiene. Uno, nada más, no le jala la cola a un perro de mall.

 

Mi papá lo “durmió” ese mismo día. Lo mató. Lo enterramos en el jardín al lado de varias generaciones de perros muertos”.

 

Luego vas a quedarte en silencio un tiempo, viendo por la ventana. Vamos a ver pasar a tus vecinos nuevamente, pero esta vez en la dirección contraria.

 

“No recuerdo como se llamaba ese perro. Es raro que a uno se le pierda así un nombre, que algo así se pierda para siempre. Como cuando se te pierden las llaves, pero para siempre”.

 

”¿Y qué hacen?”, te voy a preguntar yo.

”¿Quiénes?”, vas a decirme.

“Tus vecinos, los del perro pequeño”.

 

“Son ingenieros en sistemas”, vas a decir. Pero en realidad no tenés idea de qué hacen, solo decís eso porque los ves en las mañanas salir de su apartamento con un gafete que tiene su nombre y porque al lado del gafete siempre cuelga una llave maya.
 

“Ahí es donde guardan los datos, los que corren todos los días en sus computadoras. Corren datos, luego los analizan y luego los corren de nuevo”, decís. Luego continuás:

“Todas las noches, temprano, pasean a su perro. Los fines de semana ven sus teléfonos mientras toman café en la terraza del café que queda a la vuelta”.

Vamos a estar viendo por la ventana hacia la calle.

Los vecinos caminan, ella lo abraza a él del brazo. Caminan así por media cuadra, luego se separan y se ven y se ríen.

 

Vamos a estar viendo por la ventana hacia la calle. Vas a decir:

“Él parece ser más gracioso que ella. Ella parece ser una persona feliz”.

“Lástima que en diez años, un día cualquiera, van a despertar odiándose”, me decís. 

 

Vamos a ver por la ventana un rato más, sin decirnos nada. Vas a estar hundida en tu pensamiento. Trenes de carros por vagones de lado a lado. El mar de lata. La masa inmóvil que es mi calle a las 6 de la tarde. Voy a pensar en apuntar eso.

 

“¡Turco!”, vas a exclamar de la nada, como si en la gaveta de tu cerebro hubieras, por fin, encontrado unas llaves.


 

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