Botox, diamantes y rosé.

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Por Sergio Leiva Gallardo
@andaringallardo

Tratando de encontrar una explicación a mi obsesión con The Real Housewives of Beverly Hills.

Hace un par de meses, en una de esas noches en las que uno sólo quiere ser un zombie frente al tele y dejar que Netflix le resuelva la existencia y le haga olvidar la pandemia, el algoritmo -una vez más- dio en el clavo.

No me daba como opción un documental sobre la situación en Israel y Palestina, las ya inevitables consecuencias del cambio climático o la velocidad vertiginosa que han tomado los problemas de salud relacionados con nuestra mala nutrición.

No, señores.

Eso claramente no es lo que mi cerebro necesita en este momento y la inteligencia artificial detrás de la pantalla lo sabe.

Netflix sabe que necesito un descanso, y basado en mis elecciones previas, lo primero que me mostró fue algo que me debía a mí mismo desde hace rato: The Real Housewives of Beverly Hills.

“¿Qué le pasó en los labios a esa muchacha?” – Me pregunta mi esposo mientras se lava los dientes pretendiendo no estar interesado en un pleito entre dos de las protagonistas del programa- “Dubi, no entiendo cómo ves eso (mientras tuerce los ojos pero sigue pegado al tele y lavándose los dientes por más tiempo de lo normal para ver cómo termina el pleito).

Lo cierto es que, en parte, concuerdo con mi esposo: Yo tampoco lo entiendo muy bien. Pero he estado tratando de descifrarlo. Supongo que este texto es un vómito cerebral tratando de explicarme a mí mismo por qué he pasado las últimas semanas pegado al tele siguiendo la vida de un grupo de mujeres millonarias de Beverly Hills.

Soy un nerdo de la comunicación. Lo confieso. Y, genuinamente, me gusta ver (casi) cualquier producto audiovisual para, además de disfrutarlo u odiarlo por su valor lúdico o estético, estudiar y fijarme en los elementos que lo componen: La música, la edición, la dirección de arte, la iluminación, el ritmo, los planos, los textos, la forma en que aparecen los títulos, la manera en que van construyendo la historia o las razones que convierten a estos programas en contenidos con relevancia cultural. Todos esos detalles que hacen que uno se quede ahí pegado como una palomilla viendo la luz.

Todas las personas tenemos algún programa que disfrutamos ver a solas (y casi en secreto). Puede ser porque nos de vergüenza admitirlo o, por el contrario, porque nos hace sentir parte de un grupo selecto de televidentes que entienden, sin remordimientos o culpas, la esencia detrás de ese contenido.

¿Qué es lo que hace que una persona pensante e inteligente (o al menos me gusta considerar que lo soy) decida pasar horas frente al televisor viendo a completas desconocidas pasar de evento social en evento social, de pelea en pelea y de drama en drama, cuando claramente hay mejores cosas que hacer en la vida?

Lo confieso, estoy ENGANCHADÍSIMO con The Real Housewives of Beverly Hills. No puedo dejar de verlas. Incluso obligué a varias de mis amigas a que empezaran a verlo y la reacción ha sido la misma: Estamos atrapadxs. Incluso, llegué a pagar un VPN para poder tener acceso a las plataformas de streaming en las cuales pueda ver todas las temporadas que existen, porque en Netflix solo ponen un par precisamente como parte de esa estrategia de enganche.

The real Housewives of Beverly Hills es una de esas genialidades que salieron como fruto de las huelgas de escritores que se dieron en Hollywood hace más de una década y que impulsaron con fuerza titánica el crecimiento de la industria de los productos audiovisuales basados en la “realidad” o, como mejor los describe el productor Mark Burnett: “dramas sin guión”.

Sea como sea, no me importa. Las amo. No puedo evitarlo. La fórmula funciona y yo caí como mosca a la miel.

El programa empieza con unos créditos con música que me recuerda a la de Inspector Gadget, sustituyendo al personaje con sombrero de helicóptero con una serie de mujeres ultra iluminadas y filtradas (en épocas pre-instagram) dándonos a sus fans pequeñas frases que las resumen y que, asumo, debemos adoptar como mantras:

“La vida no se trata solamente de diamantes y rosé, pero debería” – Lisa Vanderpump

“Luché demasiado para tener este código postal como para volver a casa ahora” – Taylor Armstrong

“El dinero no te da clase, sólo te da dinero” – Brandi Glanville

“Nunca se puede ser demasiado joven, delagada u honesta” – Joyce Giraud de Ohven

En un artículo publicado en el Washington Post, Carter Hathaway plantea:

“ Ya sean franquicias como Keeping Up with the Kardashians o The Real Housewives, nuestros televisores son inundados con dramas manipuladores y montados, diseñados para deleitar, sorprender y hasta enfadar a sus audiencias. Estos programas divierten, entretienen y provocan ‘eye-rolls’, pero de forma explícita evitan generar preguntas filosóficas, sociales, culturales o existenciales sobre la condición humana. Nos muestran a celebridades viviendo en mundos aspiracionales, no así espejos de nuestra propia existencia. En todo caso, lo que ofrecen es un escape de la realidad”

https://www.washingtonpost.com/news/made-by-history/wp/2017/11/08/the-surprising-origins-of-reality-tv/ 

Y aunque entiendo lo que dice este periodista, en mi caso personal, creo que estoy parcialmente en desacuerdo.

Dedicar horas de mi vida a ver este programa ha sido un escape de la realidad, sin duda, pero también ha impulsado grandes preguntas sobre por qué un contenido como este llega a evolucionar y tener el éxito que ha logrado con más de 25 versiones del programa alrededor del mundo y más de 121 temporadas en total.

¿Qué es lo que hace que, como seres humanos, queramos seguir las vidas de estos personajes, auto-engañándonos bajo una falsa noción de “realidad” e invirtiendo vida y neuronas en algo que, seamos honestos, no nos está dejando mucho más que un rato de entretenimiento y, para los más nerdos, una que otra pregunta existencial sobre hacia dónde vamos como civilización.

En un estudio realizado en 2004 en la Universidad Estatal de Ohio, Estados Unidos, los investigadores buscaron una explicación a las motivaciones psicológicas detrás del fenómeno del Reality TV, basándose en un modelo de dieciséis motivaciones humanas que incluyen cosas como poder, curiosidad, venganza, independencia, contacto social, estatus y hasta ejercicio físico. El estudio encontró que el motivador principal para personas que dijeron ver dos o más programas de este tipo, era el estatus.

Según las conclusiones del estudio (o al menos lo que entendí de un texto bastante académico), quienes amamos este género, de manera inconsciente nos sentimos atraídos a estos contenidos por una fuerte motivación a sentirnos superiores a los personajes que estamos viendo en la pantalla. Ya sea por su condición socioeconómica o, supongo, por su grado de inteligencia. En segundo lugar, la motivación psicológica detrás de que nos enganchemos con estos shows, está en el contacto social. Quienes dijeron ver más de dos programas de reality presentaban rasgos de personalidad fuertemente asociados con la necesidad de socializar con otras personas. Así, estos programas, con sus dramas y escenas que presentan realidades caricaturizadas, se convierten en excusas perfectas para comentar con amigos y al mismo tiempo, reforzar nuestro sentido de pertenencia a algo.

Reiss, Steven & Wiltz, James. (2004). Why people watch reality TV. Media Psychology – MEDIA PSYCHOL. 6. 10.1207/s1532785xmep0604_3.

Al final, no sé si es por eso que las veo y no puedo parar de hacerlo.

No sé si es que me siento con más estatus al compararme con Brandi, Adrienne o las tías de Paris Hilton, o que hablar sobre este programa se convierte en una muy buena excusa para reconectar con mi grupo de amigas.

Las Real Housewives han logrado entretenerme y al mismo tiempo me han llevado a preguntarme cómo ha ido evolucionando nuestra relación humana con las pantallas y los personajes “reales” a los que estamos expuestos. Ver a estas señoras me ha hecho pensar mucho en cómo esas figuras que antes sólo estaban en la televisión, migraron a pantallas más pequeñas con sus propias versiones de reality para convertirse en lo que ahora llamamos “influencers” y, al mismo tiempo, cómo nuestras propias vidas se convirtieron en dramas sin guión en el momento en que nos dieron la posibilidad de transmitirlas a través de nuestros teléfonos.


Sergio Leiva Gallardo es comunicador, artista visual y creador de Good Food.


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