Empatía y miel de mango

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Por Victoria Rovira
@victoriarovirah

Si mi abuela hubiese sido parte de una sociedad que es empática hacia grupos históricamente excluidos, sus condiciones de vida serían muy diferentes a las que actualmente enfrenta.

Para mi tita Yelba, que me ha heredado la actitud y la receta de miel de mango.

El 3 de marzo de 1977, a sus 29 años, Yelba Abarca Mora enviudó y no tuvo otra opción más que avanzar con su vida y sacar adelante a sus dos hijos de 5 y 7 años. En ese momento, se vio enfrentada a ser madre sola, en la ruralidad y con muy pocas oportunidades que le permitieran tener la calidad de vida que ella merecía. Pero lo hizo y no se detuvo ahí, también dio todo lo que tenía para ofrecer a sus nietos y nos heredó las enseñanzas y valores más bellos que podríamos tener.

Cuando pienso en ella, no puedo pensar más que en el amor y admiración que le tengo, se llegó a forjar como el pilar de mi familia. Desde entonces, siempre nos ha mantenido unidos y cada quien adoptó una parte de su personalidad. En ella encontramos el amor que nos relaciona y la necesidad de protegernos el uno al otro.

Mi tita me enseñó a ser empática, a tomar en cuenta siempre los sentimientos de los demás y basar mis decisiones en cómo podrían afectar a quienes me rodeaban. Desde niña he sido testigo de su bondad hacia las demás personas y el agradecimiento que le sucede por cada acción positiva. Sin embargo, analizando las experiencias que ella ha tenido que vivir, no puedo evitar pensar en cómo habría cambiado su vida si hubiese recibido el mismo grado de empatía que ella tiene hacia los demás.

Hace un tiempo comencé a entender la empatía como un signo del privilegio y que, entre eso y la lástima, hay un abismo de diferencias, pero son fácilmente confundidas. La empatía es la habilidad de reconocerse en otra persona como similar y entender emocionalmente su realidad, pero no todos somos reconocidos como similares y no todas las personas somos vistas como sujetos con humanidad, sino para el servicio y beneficio de otras.

La empatía es un arma que en la mayoría de ocasiones se utiliza para separarnos y catalogarnos, para que un grupo con mayor poder pueda sacar un selecto puñado de personas y decirles “vos sí sos diferente y especial”, decidiendo entonces quién sí merece empatía y atención. Es un arma que se utiliza no solo desde nuestras conexiones individuales entre personas, sino como parte de un sistema estatal, político y social.

Si mi abuela hubiese sido parte de una sociedad que es empática hacia grupos históricamente excluidos, sus condiciones de vida serían muy diferentes a las que actualmente enfrenta. Y así como ella, existimos miles de personas más, cuya supervivencia se da por el apoyo entre quienes compartimos las mismas condiciones de vida, esas condiciones que nos hacen pertenecer a un grupo que es vulnerabilizado y discriminado. No sobrevivimos por las leves o casi inexistentes acciones de personas y gobiernos que dicen tener nuestro bienestar en su interés.

“Todos somos sujetos de derecho e iguales ante la ley”. “Si tocan a una, nos tocan a todas”. Así nos decimos repetidamente, asegurándonos que existe un mundo donde todas las personas vivimos de la misma manera y que nuestras luchas son por los mismos avances. Es muy reconfortante creer que hay poder en las palabras sin una acción, eso nos quita la responsabilidad y la culpa de tener que trabajar actitudes discriminatorias.

Es vil la facilidad con la cual nos describimos seres solidarios, nos aseguramos estar llenos de compasión y tratar a los demás justo de la misma manera que nos gusta ser tratados. Pero la realidad es que la compasión se utiliza más como una insignia de honor, para sentirnos salvadores de aquellos que tienen menos que nosotros o enfrentan experiencias más arduas. Es más fácil cometer una acción que nos haga creer que estamos compensando el problema que enfrente un grupo de personas, a resolver ese problema que, de un modo u otro, nos está beneficiando.

Negar las experiencias de grupos marginalizados es justamente el medio con el cual se elige quién puede recibir empatía. Sentir lástima por alguien y compartir su imagen en redes sociales, aprender de su realidad como medio de “deconstrucción” sin acciones que mejoren sus condiciones de vida, o esperar hasta que alguien nos diga qué hacer para tomar responsabilidad sobre nuestro rol excluyente no son métodos efectivos contra la discriminación sistémica. Por el contrario, son métodos que nos permiten sentir satisfacción sin haber violentado la comodidad del privilegio.

No se puede ser empático si no existe la disponibilidad de enfrentar el cruel comportamiento que hemos tenido. No puede existir una excusa que nos haga creer que fueron acciones inconscientes porque como se cree popularmente: nadie nace aprendido. Pero tampoco nadie nace siendo excluyente, sino que nacemos en sistemas que por medio de la exclusión posicionan a unos sobre otros y nos da la comodidad de enfrentar batallas de una manera más sencilla.

Para mí, ser una mujer trans, me abrió los ojos a entender que mis vivencias eran producto de personas que encontraban mi vida como un desafío o, a lo mucho, como un caso de estudio, pero nunca con el mismo valor que su vida y experiencias. Sin embargo, fue por medio de personas como mi abuela que logré comprender el poder que tenía para mejorar no solo mi situación, sino la de las personas que me rodeaban, con las que compartía vivencias similares o iguales. Son prácticas comunitarias, de cuido, las que mi tita Yelba me inculcó, una empatía como nunca antes la había experimentado. 

Ahora puedo comprender la empatía más allá de un imaginativo moral, que no es para mi conveniencia personal, sino para el beneficio de muchas personas. No existe justicia en sentirse culpable por las oportunidades o privilegios que pueda gozar una persona, pero sí en usar esas herramientas para cambiar el curso impuesto en la vida de tantos.

Gracias tita, por mostrarme que existen posibilidades de amar más allá de la sencillez con la que otros se quieren, que existen formas de cambiar el mundo, pero que no se logran sin la capacidad de ver el reflejo de los demás. Y por último, gracias por aquel día que te llamé y me compartiste tu receta de miel de mango, para poder chinear a mis seres queridos de la misma manera que vos siempre me has chineado.

Miel de Mango

Ingredientes:
4 mangas maduras grandes
1 tapa dulce
Clavo de olor y canela al gusto
Un poquito de tamarindo 

Proceso:

Pelá las cuatro mangas y cortalas en trozos grandes, no botés las semillas. En una olla grande derretí a fuego lento la tapa dulce y cuando ya esté líquida le echás las mangas, el tamarindo, el clavo de olor y la canela. Tenés que mezclar rápido con una cuchara de madera y mantener a fuego lento hasta que se haya espesado. Luego lo servís y lo compartís con tus seres queridos.


Victoria Rovira es joven activista por los derechos humanos de las personas trans y del trabajo sexual. Participó del programa Agentes de Cambio (Generación 2017) del Instituto Friedrich Ebert Stiftung y es parte de Global Shapers, una red de líderes mundiales. También es co-fundadora del colectivo antirracista Black Lives Matter Costa Rica y de la Colectiva Trans-Parencias, cuya agenda política se mueve hacia la priorización, articulación; desarrollo de acciones afirmativas y derechos de la población trans en Costa Rica.

 


 

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