Recetario para la justicia climática

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Por Larissa Soto

Sí hay recetas para atender a la crisis climática de forma justa.

La crisis climática está cada vez más presente en nuestras vidas. Un “tema ambiental” que hace unos años se limitaba al documental del domingo, se ha convertido en un tema de desarrollo, y en una amenaza existencial a nuestros planes de vida.

Y, para quien no haya llegado a ese punto, significa que goza de un conjunto de privilegios que le ha permitido, a estas alturas, no sentir el tema en carne propia. Pero no se trata de si los impactos nos llegarán, el tema es cuándo. De ahí que es necesario que todas las personas nos involucremos en las soluciones.

“No hay recetas”. Escuchamos como sentencia terrible a una duda sobre un problema complejo. Quien cocine ya hace tiempo, sabe que eso es una trampa. Sabe que las recetas pueden seguirse al pie de la letra, pero también funcionan como ideas, orientaciones, pasos que otras personas siguen para resolver desafíos similares. Las recetas se terminan modificando, adaptando, o les damos nuestro toque personal.

Por eso sí. Sí hay recetas para atender a la crisis climática de forma justa. Cada quien sabrá actuar con los ingredientes que tiene al alcance.

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El ingrediente base es la comprensión de que el cambio climático es injusto. Sus causas son un producto histórico. Todo lo que nos trajo hasta aquí no es “la naturaleza humana” (otro día podemos hablar de ecofascismo), sino un específico modo de relacionarse con la vida,  producto de varios sistemas desiguales. Los solemos separar como “capitalismo”, “patriarcado”, “colonialismo”, por ejemplo, pero operan de forma entrelazada.

Para empezar, necesitamos saber que la justicia climática es a la vez un derecho y un movimiento político. Por un lado, es un derecho a que vivamos libres de los impactos adversos del cambio climático, participar y a liderar las respuestas.

El fracaso en mitigar y adaptar el cambio climático genera impactos residuales, también injustos, que se conocen como daños y pérdidas. En caso de resultar afectadas nuestras comunidades, tenemos derecho a recibir compensación por ellos.

Como movimiento, se busca el ejercicio de esos derechos, sabiendo que el problema es común, pero que las responsabilidades respecto a lo que es necesario hacer para atender el cambio climático (acción climática) y sus impactos, será diferente dependiendo de quién seamos y dónde estemos.

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Platos fuertes

La acción climática debe estar acompañada de procesos de descolonización, por una parte,  y de justicia social. De otro modo, las condiciones mismas que causan los problemas, quedarán intactas.

La acción climática debe estar basada en el respeto, la no discriminación y la equidad. Es decir, no se trata de separar los “temas ambiente”, de las personas y sus derechos.

La acción climática desde los gobiernos debe obedecer principios democráticos y garantizar que en los procesos haya justicia de género.

Por último, los costos de la acción climática no deben recaer en los territorios. ¿Tiene sentido impulsar energía limpia con baterías cuya minería genera condiciones de semi-esclavitud en otros países? ¿Es justa una alimentación vegana en un país desarrollado, si compromete un ecosistema latinoamericano?

Siguiendo estas “recetas”, se puede innovar. Los ingredientes varían en cada contexto. Depende de quién somos, nuestros recursos, el marco legal, las capacidades en cada una de nuestras comunidades, y especialmente de qué tanto participamos. Igual que en la cocina, hacer de la acción climática un lugar justo y esperanzador se trata de tener un poco de creatividad.


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