No podemos hablar del cerebro sin hablar del cuerpo

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Carina Castro
@carinacastrofumeronp

Hace algunos años hablábamos del cerebro como un órgano aparte, separado de todo el cuerpo y su funcionamiento.

Y con el pasar del tiempo y la atención e investigación que se la ha dado a este gran órgano nos hemos dado cuenta que el cerebro en conjunto con el resto del sistema nervioso (cuerpo) controla nuestros sentimientos, pensamientos, nuestros movimientos, el cómo aprendemos, pero además controla funciones que nos dan vida como el latido del corazón y hasta la digestión.

 

El gran problema es que estamos enfrentándonos a un gran desafío: esas falsas creencias que tenemos incorporadas en nuestra impronta, que se vienen transmitiendo de generación en generación y que nos impiden tomar mejores decisiones para nuestro bienestar y el de nuestros hijos.

¿Cuáles falsas creencias se preguntará? Si exploramos la alimentación hace varias décadas se prohibió el consumo del huevo por su alto contenido en colesterol, llegando a ser una recomendación médica para evitar el aumento del colesterol “malo” LDL y así prevenir enfermedades. Hace pocos años se demostró que el colesterol del huevo no causa ningún aumento del colesterol en sangre, llevando a la comunicad médica a recomendar nuevamente la ingesta del huevo con un máximo de 7 huevos por semana o inclusive más.

Unos años después, gracias a la ciencia, se ha encontrado que el aporte que brinda el huevo en colina juega un papel fundamental en el desarrollo del cerebro así como en el aprendizaje y la memoria. Además estudios han revelado que los huevos que vienen de animales de pastoreo son una excelente fuente de omega 3, una de las grasas “buenas y necesarias” para el óptimo desarrollo del cerebro y la salud mental.

Por otro lado, si hablamos del apego seguro, esa relación que construimos con nuestros cuidadores desde la infancia que es vital para el desarrollo de nuestra salud mental, nos encontramos con información que data desde 1928 en donde el psicólogo John Watson en su libro “Psychological Care of Infant and Child” habla de como prevenir el “malcriar” a nuestros hijos y dentro de sus recomendaciones indica que debemos hacer que nuestro comportamiento siempre sea objetivo, que no los abracemos o besemos mucho, que en la noche un beso de despedida y en la mañana nos saludemos con un salud de mano. Toda esta información, sin validez científica, se publicó en un libro que trascendió de generación a generación. Y hoy vemos padres que con estilos de crianza inflexible, agresivo, con autoritarismo irracional y que con poco fundamento sigue argumentado su estilo de crianza para no malcriar a sus hijos.

Y sin embargo, actualmente contamos con una gran cantidad de investigación científica que fundamenta la importancia del desarrollo de un apego seguro, de una crianza sin violencia, de la importancia de las muestras de afecto, la atención de las necesidades básicas con empatía y amor; y todo esto para lograr el desarrollo de los cimientos cerebrales sanos que le permitirá a ese niño disfrutar de salud física y mental toda su vida.

Y para culminar nos podemos ir a la década de 1839 cuando se pensaba que muchas enfermedades se contagiaban a través de la respiración. En ese entonces se creía que el aire que exhalábamos en el día era distinto que el de la noche, siendo el de la noche impuro, llevando a algunos lideres de opinión a argumentar que los bebés no deberían dormir en el mismo cuarto que los padres por ser más vulnerables a enfermedades y muerte.

William Alcott un gran líder de este momento argumento, sin ningún fundamento científico, argumentó “El aire es demasiado impuro. Ya es bastante malo que dos adultos duerman en la misma cama respirando una y otra vez el aire impuso, aunque la cama sea muy grande, pero aun es peor para los bebés. Sus pulmones exigen aire atmosférico en su máxima pureza y si se lo niega eventualmente deben sufrir”.

Nuevamente esta falsa creencia deriva en un montón más que van desde lo dañino del colecho, la necesidad de sacar a los niños del cuarto a cierta edad, la importancia de enseñarles a dormirse solos o inclusive métodos de adiestramiento del sueño dejándolos llorar hasta que por cansancio se queden dormidos. Todos sin fundamento científico, que generación tras generación se vienen transmitiendo como “soluciones” ante lo que si es una realidad, el sueño como un pilar para cuidar la salud mental.

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Pero nadie nos habla del como la tecnología y cuanta distracción que esta vino a ofrecer repercute en nuestros hábitos de sueño, del cómo estos aparatos vinieron a ofrecernos felicidad a un clic y entretenimiento ilimitado mientras que su único objetivo es robar nuestra atención y nuestro sueño, como lo dijo en una entrevista Reed Hasting el CEO de Netflix. 

Y podrá pensar que estos argumentos solo competen a los niños, siendo esto otra falsa creencia. Ya esta científicamente comprobado que los cimientos de la salud mental se desarrollan en la infancia y que son las bases que nos permiten disfrutar de salud mental toda la vida. Por esto toda decisión que tomaron nuestros padres cuando éramos pequeños, todo hábito que nosotros tenemos incorporado desde la infancia y repetimos sin mucho cuestionamiento, y todo lo que repetimos con nuestros hijos explica hacia donde vamos como sociedad. 

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Y podría seguir con una lista indefinida de falsas creencias, de formas en que la industria, el mercadeo y la carencia de fundamentos científicos nos ha hecho creer que hay cosas que son mejores para nosotros, para nuestros hijos y para nuestro bienestar físico y mental.

El problema radica en que estas falsas creencias y por ende malos hábitos y decisiones que venimos tomando nos esta afectando. Los números hablan solos, hay múltiples estudios que apuntan en dirección a un empeoramiento generalizando de la salud mental de la población. Encontramos un aumento en los trastornos relacionados con depresión, adicciones, insomnio, ansiedad, estrés postraumático, y hasta suicidio.

Esta pandemia que estamos viviendo aunada a tantas falsas creencias nos esta afectando a todos, a niños adolescente y adultos, afecta a los más vulnerables. Y entonces ¿Quiénes son los más vulnerables? Somos todos los que no hemos atendido nuestra salud metal por tantos años, son todos los que no hemos comprendido que existen una relación cuerpo/cerebro que debemos cuidar desde la niñez. ¡Somos todos sin diferencia económica ni social!

Debemos volver nuestra mirada y nuestra prioridad a la salud mental de la familia, debemos analizar con un pensamiento crítico todo lo que nos venden los medios de comunicación y as redes sociales. Debemos comprender que nuestra calidad de vida, nuestro bienestar y nuestra salud física y mental no es prioridad de nadie… únicamente de nosotros.

Gracias a la ciencia podemos romper esas falsas creencias, gracias a la ciencia hoy sabemos que el cerebro esta en desarrollo desde el embarazo hasta los 25 años de vida, que existe una conexión innegable entre el cuerpo y el cerebro a través de múltiples vías que van desde las químicas, hormonales, hasta el conocido nervios vago que tiene exacerbaciones desde el cerebro a todos nuestros órganos y que envía información en ambas vías para lograr un equilibrio y un bienestar.

La ciencia avanza y con ella vamos descubriendo los pilares fundamentales para lograr ese bienestar, para desarrollar los cimientos de esa salud mental desde la infancia hasta la adultez. Están ahí, están al alcance todos pero muchas veces el ruido de las redes sociales, de la mercadeo, de las industrias que se ven mas beneficiadas no nos deja escuchar, no nos permite ver con claridad.

¡Debemos tomar consciencia ahora más que nunca! Debemos comprender que estamos ante un gran desafío y que para superarlo de manera sana debemos prepararnos, informarnos y cuidarnos. ¡La salud mental no puede esperar!


Soy Neuropsicóloga, autora de 2 libros sobre neurociencia, divulgadora a través de congresos, cursos virtuales y redes sociales. He sido asesora del Banco Interamericano del Desarrollo en una Campaña Nacional en Costa Rica que promueve la salud mental en la infancia y adolescencia. 

Soy madre de 3 niños, con más de 18 años de experiencia trabajando en la salud mental de manera individual y multidisciplinaria. Me he formado en Universidades y Centros en España, Estados Unidos, Argentina y Costa Rica finalizando 3 maestrías y múltiples cursos en Neuropsicología Clínica y Pediátrica


 

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