Los giros del superratón

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Por Víctor Hurtado

Dicen que Esopo no compuso las fábulas de Esopo, y en esto se parece mucho a Shakespeare pues se afirma que este no escribió las obras de William Shakespeare.

Dicen que Esopo no compuso las fábulas de Esopo, y en esto se parece mucho a Shakespeare pues se afirma que este no escribió las obras de William Shakespeare. De ser ciertas ambas calumnias, no se sabe bien a qué se dedicaban Esopo y Shakespeare en su tiempo libre, que habría sido todo. Ambos habrían tenido tiempo libre en su tiempo libre, y su gran preocupación habría sido saber cuándo estaban de vacaciones. 

Nosotros creemos que Shakespeare sí escribió sus obras, aunque él quizá no estaría tan seguro de esto si viera que, en ciertos montajes postrans experimentales, el príncipe Hamlet es un pistolero ciego del Oeste japonés encarnado por una malabarista paraguaya que recita sus parlamentos reescritos en suajili y al revés. Todo sea para que el público no se aburra aunque se aburra.

En cuanto al buen Esopo, se supone que vivió entre los años 620 y 564 antes de nuestra era; id est, cuando la gente contaba a la inversa, como si la hubieran convencido de que en el año cero se lanzaría un cohete hacia la Luna. Al fin, nadie lanzó un cohete y nunca hubo un año cero: la confusión fue total, y, para resarcirse del tiempo perdido contando al revés, la gente empezó a contar al derecho. No puede negarse que, al menos en el contar los años, la humanidad ha avanzado mucho y avanza más cada enero.

La vida de Esopo es incierta: su nacimiento se atribuye a cuatro ciudades griegas. Si Esopo nació cuatro veces, quizá se haya debido a que entonces había poca gente y no se había descubierto otra forma más rápida de poblar el mundo. En tal caso, Esopo no tuvo una partida de nacimiento, sino una partida de nacimientos.

Como es obvio, Esopo es conocido por las fábulas de Esopo. Ya en su Retórica (II, 20), Aristóteles cita una fábula esópica y añade: «Las fábulas son adecuadas a los discursos políticos». Ello está bien, aunque los tiempos modernos han obrado el prodigio de convertir los discursos políticos en fábulas. Aunque no traten de políticos, en las fábulas hablan los animales. En la antigüedad, los animales crearon una filosofía alternativa, popular. Las fábulas son el comic de la filosofía. Para ilustrarnos, les basta media página de nuestra imaginación.

En una de las fábulas de Esopo, un ratón despierta a un león, y este, furioso, pretende comérselo; mas el ratón lo convence de que él es indigno de la dieta mínima del león y promete ayudarlo en una futura desgracia. El león se ríe pues nunca ha conocido un ratón que hable, pero es que el león no sabía que los dos estaban metidos en la misma fábula. El ratón tal vez añada que, si el león lo suelta, le hará un retrato pues ha oído que no es tan fiero el león cuando lo pintan. Al fin, la fiera suelta al ratón, vencido por la retórica del roedor (la roetórica).

Más tarde, como todos habían previsto, menos el león, este cae atrapado en una red, pero el mismo ratón lo salva royendo la red. Moraleja: No desprecies a quienes parecen insignificantes. Bien por la fábula, mas lo que parece invención es un experimento realizado en el Instituto Max Planck, de Alemania. Unos científicos aislaron un gen (una serie de «dientes» que forman los «peines» del ácido desoxirribonucleico) y lo insertaron en el feto de un ratón.

El cerebro de los ratones es liso, pero el gen ARHGAP11B arrugó una parte de la corteza del cerebro de aquel ratón y lo acercó así a la forma del cerebro humano y a las de otros mamíferos. A más arrugas (o giros), más superficie, más neuronas y más inteligencia. Entre otros factores, aquel gen hizo posible nuestra inteligencia, sí, pero las fábulas de Esopo nos añaden la sabiduría.


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